Archipiélago de San Bernardo, islas paradisíacas en Colombia

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Tintipán, Múcura, Islote Santa Cruz y Casa en el Agua, todas pertenecen al archipiélago de San Bernardo y no necesitas de mucho dinero para visitarlas.


Fecha del viaje: noviembre 2017

Lanzarse a hacer snorkel en mar abierto –precisamente en el mar caribe– en medio de un gran arrecife de coral, colocar los pies en orillas de aguas transparentes, sentarse sobre arena blanca, bajo el sol y alejado de cualquier señal de celular. Eso fue lo que hicimos cuando visitamos las islas del Archipiélago de San Bernardo, sobre todo en Tintipán y Múcura.

En el Islote Santa Cruz, donde el concreto y las viviendas abundan, al igual que la extrema alegría de quienes las habitan, se cambia las cristalinas playas por el paseo en medio de un laberinto de cemento en la isla más densamente poblada del mundo.

Isla Tintipán, Archipiélago de San Bernardo.
Orilla en la playa de la Isla Tintipán.

¿Cómo llegar?, ¿Cuánto cuesta?, ¿Es necesario tomar un tour?, estas preguntas también nos persiguieron durante la planificación del viaje. Gracias a los consejos de otros viajeros que estuvieron allí antes, pudimos armar mejor la ruta y llegar de un modo más fácil y económico.

Ahora les contaremos la forma en que lo hicimos sin gastar mucho dinero y cómo fue nuestra experiencia, en la cual nos llevamos más de una sorpresa.

¿Cómo ir?

Nuestro recorrido comenzó en Cartagena, específicamente en la terminal, la cual queda muy alejada del centro. Un taxi puede costarte entre $20,000 a $25,000 COP –USD $7,00 a $8,75–, si deseas llegar más rápido, debes pagar un peaje de $2,300 COP –USD $0,81–. Esto a veces el taxista no te lo dice hasta que las casetas se hallan a pocos metros.

Taxi en la Ciudad Amurallada de Cartagena.
Pactar el precio antes de subirse al taxi o mejor tomar un Uber.

Hay un bus que cuesta mucho menos, pero tarda el doble o más, según nos dijeron. Una vez en la terminal, debes subirte a una van con destino a San Onofre por $25,000 COP –USD $8,75–, si son dos personas, pueden negociar el precio.

Luego de dos horas desciendes en el paradero del pueblo. Taxistas y mototaxistas se abalanzarán hacia ti para que convertirte en su cliente. En nuestro caso, aquel día fuimos los únicos turistas en bajar de la van, por lo que entre ellos se peleaban por agarrar primero nuestras mochilas.

Las motos cuestan $10,000 COP –USD $3,50– por persona, mientras que el taxi completo $30,000 COP –USD $10,50– (entran hasta cuatro pasajeros). Optamos por el segundo y, luego de atravesar una carretera de tierra y lodo debido a las lluvias, llegamos, en media hora y bajo un sol caribeño, a Rincón del Mar.

Este pequeño pueblo está en sus comienzos como destino turístico en Colombia, cuenta con varios hospedajes, entre económicos y de elevados costos. Dormimos en un dormitorio compartido en el Hostal del Francés, pagamos $23,000 COP –USD $8,05– por cada cama. Cerca de allí se encuentra el restaurante La Negrita, donde por $15,000 COP –USD $5,25– almorzamos frente al mar un plato grande de pescado acompañado de arroz con coco.

Rincón del Mar, pueblo encantador de Colombia.
Rincón del Mar.
Plato típico de la costa colombiana.
Plato típico de la costa colombiana. Nada supera al arroz con coco.
Pueblo de la costa colombiana durante la noche.
Así lucía el tranquilo pueblo durante la noche.

A la mañana siguiente, al pie del hostal y alrededor de las 08:00 Am, partimos en lancha hacia el Archipiélago de San Bernardo. Generalmente los guías que salen de la playa trabajan en conjunto con el hospedaje. El precio por persona, en grupos de tres o más, es de $50,000 COP –USD $17,50– ida y vuelta en un mismo día; se trata de un tour en el cual visitas la Isla Tintipán, Múcura, Islote Santa Cruz, pasas frente a la famosa Casa en el Agua y haces snorkel en medio del mar caribe.

Nuestra intención era quedarnos una noche en una de las islas y que nos recogieran al día siguiente, por lo cual, pretendíamos acordar un valor menor a los $200,000 COP. Hablamos con el dueño y nos dijo que, para ayudarnos, nos dejaría en $150,000 COP –USD $52,50–. Para nuestra sorpresa, cuando volvimos en la lancha a la mañana siguiente, nos dimos cuenta de que hubo un malentendido.

El señor pensaba cobrarnos $100,000 COP por llevarnos y otros $150,000 COP por irnos a buscar; un precio absurdo y sin sentido. Se armó una discusión que al final terminó con un apretón de manos y $175,000 COP –USD $61,25– fuera de nuestro bolsillo.

Consejo: aseguren el precio total antes de embarcarse a la lancha.

Durante 40 minutos observamos sólo islas dispersas por el océano, hasta que el agua empezó a volverse más cristalina y el guía nos entregó las máscaras para el snorkel, nos lanzamos y flotamos sobre peces de colores que se escurrían en el fondo del arrecife de coral, una raya también pasó bajo nuestros pies.

Snorkel en arrecife de coral en Colombia.
Nuestro guía buscando la comida.

Retornamos a la pequeña lancha y, al poco rato, con el sonido incesante del motor y el sol sobre nuestras cabezas (no había techo ni nada que nos cubriera más que las gorras), llegamos a la primera isla paradisíaca del archipiélago.

Isla Tintipán

Fuimos de los primeros en presentarse a la playa de arena blanca y agua cristalina, lo más parecido a una piscina natural sin olas. Poco a poco empezaron a llegar más personas. Vimos varios letreros de propiedad privada. La isla era pequeña pero poseía restaurantes con mesas sobre la arena. En vez de comer, preferimos pasar el rato sobre un pequeño muelle.

Habían hoteles, pero decidimos no dormir allí porque muchos nos aseguraron que a las seis de la tarde salen, por doquier, las chitras (unas diminutas moscas) y atacan a toda persona que se encuentre en la isla.

Sobre el muelle en la Isla Tintipán.
Pasando el rato en el muelle.
Paraíso en el Archipiélago de San Bernardo.
Pasar sólo una tarde aquí no es suficiente.

No nos queríamos marchar, pero debíamos continuar navegando. El siguiente punto lo vimos a corta distancia desde la lancha. Era la famosa Casa en el Agua, no teníamos permitido bajar, pero nos conformamos con verla a varios metros (para reservar, hay que hacerlo con par de meses de anticipación). Habían dos islas más alrededor con construcciones similares que lucían abandonadas.

Casa en el Agua. Archipiélago de San Bernardo.
Casa en el Agua.

Islote Santa Cruz

A pocos metros se distinguían pequeñas casas que sobrepoblaban un pedazo de tierra. Desembarcamos en una selva de cemento que descansaba sobre el mar Caribe, se trataba de la isla más poblada del planeta –en densidad–.

Cerca de 500 personas viven aquí, más de la mitad son menores de edad. Los que trabajan, lo hacen en las islas que los rodean y en Cartagena (también hay lanchas que zarpan de la ciudad directo al archipiélago, el precio es mayor y tardan un más). Pagamos $5,000 COP –USD $1,75– cada uno para realizar un pequeño tour e ingresar al acuario.

Al ser feriado (creemos que Colombia es uno de los países con más feriados en el mundo), los guías no se abastecían para la cantidad de turistas que llegaban, por lo que al final terminamos andando por nuestra cuenta.

Antes de quedarnos sin guía, pudimos conocer la escuela con su enorme antena que provee internet para la educación de los niños, vimos el acuario, donde la mayor atracción era un tiburón (especie llamada bobo) que cada tanto, a pesar de estar prohibido, lo sacaban a flote para que los visitantes puedan fotografiarlo, algunos ambiciosos pagaban para meterse en el agua junto a él, en un diminuto estanque; aquel supuesto espectáculo fue lo único que no nos agradó del islote.

Islote Santa Cruz, en el Archipiélago de San Bernardo.
Islote Santa Cruz, la más poblada del mundo.
Ropa colgada en una vivienda del Islote Santa Cruz.
Viviendas de la isla.
Niños jugando en el Islote Santa Cruz.
El punto de encuentro.

Entre sus tradiciones más simbólicas está el de la muerte. Cuando alguien muere, le realizan una ceremonia en la que el cuerpo es transportado por toda la isla para despedirlo y finalmente enterrarlo en el cementerio de Tintipán, ya que aquí no hay capacidad para un solo ataúd. Llama la atención que las casas permanecen con sus puertas abiertas la mayor parte del tiempo. Esto se debe a que la criminalidad no existe, si algo llega a perderse, alguien lo encontrará y lo llevará con algún guía certificado para buscar a su dueño.

Aunque no se ven autos, fundaron una calle principal donde la música nunca falta. Para esta fecha –noviembre, fiestas de independencia de Cartagena– los niños y jóvenes se pintan el cabello de rubio y juegan a lanzarse bolsas llenas de agua mientras corren por los estrechos callejones esquivando a los curiosos turistas. Los más grandes arrojan con fuerza unos pequeños explosivos al suelo, no lastiman a nadie ni causan algún daño, simplemente asustan a los extranjeros, y eso, a ellos les provoca una descontrolada risa.

Niños en el Islote Santa Cruz.
Ellos siempre felices.
Mensajes en las paredes.
Ellos también la tienen muy clara.

En algunas casas es posible comprar platos de comida bajo pedido y hay dos tiendas con productos bien surtidos, entre los cuales destaca la cerveza.

Isla Múcura

El último punto del tour y en donde nos recogerían a las 11:00 Am del día siguiente. Desembarcamos en la playa pública, aunque estaba llena por la hora y por ser feriado, fue la que más nos gustó porque pasada las 4:30 Pm, estuvo vacía, las lanchas regresaron a sus costas. Lo mismo sucedió en el amanecer, se convirtió en privada para nosotros hasta que empezaron a llegar nuevamente los botes con turistas, música y cervezas.

Playa de aguas cristalinas en Colombia.
Una playa para meterse y no salir nunca.

El Hostel Isla Múcura es el más conocido (hay otros hospedajes más costosos), caminas 15 minutos hasta llegar a sus instalaciones y playa privada (no nos pareció mejor que la pública). Las hamacas cuestan $40,000 –USD $14– y las camas en cuarto compartido $55,000 –USD $19,25–.

Por ser una fecha muy agitada, tuvimos que regresar a la playa pública porque no había disponibilidad, preguntamos en otros hospedajes y recibimos la misma respuesta. Dijeron que en el pueblo había gente que alquilaba habitaciones, pero no lo comprobamos porque en uno de los restaurantes nos improvisaron dos hamacas por $25,000 COP –USD $8,75– cada uno. Después nos enteramos que pudimos haber pedido rebaja, pero una vez que se pacta un precio, no hay vuelta atrás.

Rincones de la Isla Múcura en Colombia.
Camino al hostel en Isla Múcura.

Como nosotros, habían cuatro personas más que no encontraron hospedaje y aquí les alquilaron carpas. El espontáneo alojamiento incluía baño compartido, aunque en realidad eran los baños de alquiler de la playa pública. Para que nosotros los usáramos, rompieron el candado asegurando que no habría problema; a la mañana siguiente, el verdadero dueño –quien no se encontraba la noche anterior– quería que le paguemos por el uso que habíamos hecho de los servicios y del daño ocasionado por el forcejeo para entrar.

Playa pública en la Isla Múcura.
Playa pública, cuando la gente empieza a marcharse.

Las duchas fueron diferentes, eran al aire libre, frente al mar y bajo la luna. Mientras uno se lanzaba el agua de lluvia desde una botella de galón que nos obsequiaron (en la isla recolectan agua de lluvia para su uso cotidiano), el otro le alumbraba con la linterna del celular, tratando de que los demás no vieran lo íntimo, aunque estábamos muy distantes y la noche muy oscura.

Con esas mismas cuatro personas (una pareja y dos chicos), luego de disfrutar de la playa sin gente y ver el atardecer en un muelle cercano, fuimos al tour nocturno de plancton con los señores que nos improvisaron las hamacas (eran hermanos y trabajaban en el sector turístico con restaurantes, tours, lanchas y lo que saliera).

Contemplando el atardecer, Archipiélago de San Bernardo.
Hay algo especial en los muelles.
Frente al atardecer en la Isla Múcura.
Jugando en el muelle hasta que la luz lo permitiera.

Pagamos $30,000 –USD $10,50–  por persona por contemplar de cerca, y a través de los lentes de agua, unos diminutos puntos verdes que brillaban en la penumbra cuando movíamos los brazos en el agua. Estuvimos varios minutos flotando y jugando cerca del manglar, con temor a que apareciera otro animal de mayor tamaño que quisiera unirse al juego. No se veía nada más que aquellas luces verdes –brillantes como las led–.

Sin planearlo, el tour terminó por incluir una parada en la alocada fiesta que recién empezaba en el Islote Santa Cruz por la independencia de Cartagena. Los señores –o más bien chicos– que nos llevaron en lancha a ver el plancton, no se la querían perder.

Éramos los únicos extranjeros en medio de jóvenes –hombres– disfrazados de mujeres, cantando, bailando, bebiendo y lanzándose espuma de carnaval descontroladamente. Las chicas representaban un porcentaje muy bajo en ese momento; por cada una quizás habían cinco hombres.

Vimos seis militares que mantenían el orden, aunque la euforia de los locales era enorme y nuestro temor era evidente; los explosivos esta vez eran lanzados cerca de nuestros pies, mientras los jóvenes reían, los niños y viejos observaban el descontrol sentados a corta distancia. Del grupo, los dos chicos la estaban pasando bien y deseaban quedarse, pero nosotros y la otra pareja insistimos para marcharnos.

En el pueblo de la Isla Múcura también montaron una fiesta, pero la bulla retumbaba a lo lejos, pudimos dormir sin ruido, sin calor, sin mosquitos y protegidos de la lluvia bajo techo. En un momento de la madrugada sentimos una fuerte luz que nos alumbraba desde arriba, era la luna encendida como un enorme foco. A las pocas horas nos levantamos para ver el amanecer y disfrutar de la solitaria playa pública, sabíamos que en poco tiempo se llenaría de botes, música, cervezas y más turistas.

Amanecer en la playa de Colombia.
La vista que obtuvimos frente a nuestras hamacas.
Amanecer en la Isla Múcura.
Alguien más nos acompañó a mirar el amanecer.
Navegando en pleno amanecer.
Empezando una nueva jornada.

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