Floreana, la misteriosa isla que se negaba a ser conquistada

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Muchos fueron los que ocuparon temporalmente estas tierras, pero la dura naturaleza los desafió y salió victoriosa en cada ocasión. La isla guarda también algunos secretos que, hasta la fecha, no han sido descubiertos.


Fueron casi dos horas de navegación hasta que pude decir en mi mente: “Tierra a la vista”. Sentía una ligera conmoción por lo que estaba próximo a conocer, quizás Margret Wittmer sintió algo similar (pero a mayor escala) al acercarse en un bote con todas sus pertenencias junto a su esposo, su hijo de 11 años, sus mascotas y un niño en el vientre, dejando atrás lo que conocían como civilización para experimentar una vida en solitario, dentro de una remota isla. Sin embargo, ellos no fueron los primeros habitantes en pisar esta tierra inhóspita, la historia de Floreana empieza desde siglos antes.

Se cuenta que (aunque no hay pruebas suficientes que lo confirmen) el inca Túpac Yupanqui arribó con un centenar de hombres al archipiélago, donde, regresados una vez al continente, las describieron como unas islas que escupían fuego. Luego, en 1535, el obispo de Panamá –Fray Tomás de Berlanga– llegó accidentalmente a las islas con su tropa de españoles. Se abastecieron de agua y dejaron varios animales que se volvieron salvajes en estas tierras de nadie.

Al bajarnos del bote, nos llevaron en una camioneta hacia la parte alta de la isla. Nos dijeron que veríamos unas cuevas y un laberinto formado por enormes piedras, las mismas que sirvieron de escondite a los piratas (en su mayoría ingleses y franceses) tras saquear los barcos españoles. Aquí podían refugiarse durante mucho tiempo, tenían a su alcance agua, frutas y carne. También introdujeron algunas especies de árboles como la Seca, de la cual sacaban una excelente madera para construir sus balsas.

Quienes siguieron a los piratas fueron los balleneros que, luego de apropiarse de cientos de tortugas gigantes, tanto para comer como para usar su preciado aceite, dejaron un buzón de correos que persiste hasta el día de hoy, ellos nombraron a este barril-buzón como Post Office Bay. Cuando salían a cazar ballenas (cachalotes) por largas temporadas (de 3 a 4 años), dejaban cartas que eran recogidas y transportadas al continente por otros balleneros que volvían de su prolongada pesca.

barril buzón frente al mar en Floreana
Réplica del buzón original ubicado en Post Office Bay.

Salimos del vehículo y un letrero nos informó que estábamos en el “Asilo de la Paz”, que hace algunos años, cuando fue creado, la palabra Paz carecía de su significado. 300 años transcurrieron hasta que Galápagos llegó a formar parte del Ecuador, en ese entonces, el general Villamil (quien le dio nombre a la isla, en homenaje al primer presidente de la República: Juan José Flores) arribó a Floreana con 80 reclusos que debían realizar trabajos forzados en esta nueva y aislada penitenciaría.

camino de tierra con vista al mar
Hacia la parte alta de Floreana.
laberinto con piedras gigantes
Laberinto de piedras, dicen que por allí aparece un rostro.
cueva pequeña
Cueva en lo alto de la isla Floreana.
paisaje con el cerro verde
Cerro Pajas.

Pero después de que el oficial encargado saliera huyendo para salvar su vida, trasladaron a los reclusos a otras islas, aún con estos sucesos, las autoridades no aprendieron la lección y trajeron nuevamente a varios presos en 1870, quienes se sublevaron, dejando como resultado una lista escasa de sobrevivientes y la paralización de las mediciones que se encontraba realizando el geólogo alemán Wolf; Floreana volvía a ser un punto invisible en el mapa.

El guía nos condujo hasta la vertiente de agua dulce, con la que todos los habitantes de la isla se abastecen actualmente. Esta fuente histórica fue fundamental para la permanencia de los primeros pobladores, en un principio muchos fracasaron, como los noruegos que, en 1927, intentaron sin éxito establecerse aquí con el propósito de crear una fábrica de conservas. Sólo en 1929 pudieron instaurarse los primeros colonos en Floreana: el doctor Friederich Ritter y su acompañante Dore Strauch, seguidos, después de tres años, por la familia Wittmer, siendo Rolf el primer residente en nacer en suelo floreano.

cueva grande
Aquí dentro nació Rolf Wittmer, en medio de la segunda guerra mundial.
Sucesos inexplicables

Aunque lograron hallar la razón de esta controversia, muchos navegaron hasta Floreana con el fin de estudiar una supuesta cara inca, tallada en lo alto de la isla por civilizaciones pasadas. Se desató una gran polémica y hubo gente especializada en antropología que debatió sobre la existencia de culturas indígenas en Galápagos, tanta discusión cesó cuando el señor Heinz Wittmer afirmó ser el autor de la cara esculpida en la piedra, su intención fue enseñar a sus hijos el arte del tallado.

rostro inca tallado en piedra
Cara tallada en piedra, junto a las cuevas.

Sin embargo, el incidente que hasta el día de hoy no tiene aclaración, es el paradero de la Baronesa Eloise Wagner, más conocida como la Emperatriz de Floreana. Desapareció junto a uno de sus amantes –Philipson–, dejando como último rastro unas huellas sobre la arena, en dirección al mar, aunque nadie en la isla avistó alguna embarcación; jamás se volvió a saber de ellos. Por otro lado, en una isla –Marchena– al norte del archipiélago se encontró el cuerpo sin vida de Lorenz, otro de sus amantes que intentaba viajar al continente, lo extraño de este caso es que el bote en que navegaba iba rumbo a San Cristóbal (hacia el sur).

A pesar de toda la historia, fue gratificante haber caminado por los mismos senderos que atravesaron los piratas, colonos y la familia Wittmer, más aún si leí el libro “Floreana”, escrito por Margret Wittmer. Se sintió como un viaje al pasado, con una sorpresa que no nos esperábamos; gracias al navegante inglés Frank Chadburn, quien, luego de conversar en su casa frente al mar, ubicada en Black Beach, nos presentó a Floreanita (como le dicen de cariño), la segunda persona y primera mujer en nacer dentro de esta isla.

casas grandes frente a la playa
Hotel Wittmer junto a la casa de Frank en Black Beach.
playa con rocas y arena negra
Black Beach (Playa Negra).
personas posando frente a un árbol
Con el gran Frank Chadburn.

Ella es reservada, no le gusta que la fotografíen, incluso nos habían comentado que no suele hablar con desconocidos, pero con nosotros fue un encanto. Se sorprendió mucho al saber que estábamos casados: “tan jovencitos”, dijo, y también dio muestra de asombro y afecto al momento en que Frank le mencionó: “Ella es la nieta del capitán Gerardo Aguilera”.

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