Los Incas nos dejaron una gran enseñanza en Machu Picchu

Scroll

Cuando tus altas expectativas por conocer un lugar se nublan debido a varios sucesos desafortunados, sólo queda leer entre líneas y descubrir lo que el destino nos quiere decir.


Esta crónica la podría dividir en dos partes, una refiriéndose al extenuado y prolongado camino que se debe atravesar por las vías del tren, y otra enfocándose netamente en la visita a la ciudadela de Machu Picchu.

Pero podría resumir el trayecto hacia Aguas Calientes contando que los bichos (más pequeños y molestosos que los mosquitos) nos dejaron los brazos marcados con grandes ronchas, nos fastidiaban con cada paso que dábamos, fue una mala idea llevar la botella de dos litros de agua y comida guardada en un recipiente de plástico. No había ningún tacho en las vías y los escasos restaurantes no aceptaban nuestros depósitos en sus basureros.

Casi al final del camino, en una pequeña hostería, conseguimos botar los recipientes que no teníamos dónde guardar (aparte se encontraban sucios), a cambio de comprarles una costosa gaseosa. Aunque a pocos metros nos dijeron que había un botadero público enorme, sólo deseábamos deshacernos lo antes posible de todo lo que cargáramos en las manos. Los bichos y el calor que provocaba la chompa bajo tremendo sol (todo para evitar más picaduras), no hicieron nada agradable la travesía.

Caminando sobre las vías del tren.
Cubiertos y con calor.
Paisajes junto a las vías del tren.
En el camino hubo lugares para detenerse y tratar de relajarse.

Al día siguiente nos levantamos a las 5:30 Am con la intención de ser los primeros en embarcarnos dentro de los buses que llevan a los turistas hasta Machu Picchu (estábamos muy agotados para subir una colina en dos horas), pero la fila ya era demasiado larga. De todas formas logramos estar en las puertas de la ciudadela Inca a las 6:30 Am, aunque nuestra intención era contemplar el antiguo complejo desde lo alto sin nadie deambulando entre sus estructuras.

Machu Picchu
La primera mirada es la que más sorprende.

Luego, sin previo aviso, un movimiento equivocado en las manos de Andrea cambió la configuración de su cámara. Aunque pudo restablecer los comandos, después de haber descendido de la montaña se percató que la mayoría de las fotos no salieron con la calidad que ella esperaba.

Es cierto que disfrutamos inmensamente de esta maravilla del mundo, sentimos su mística energía al pasar entre sus paredes, nos impresionamos con su perfecta construcción en un lugar tan remoto, su inmensidad y belleza arquitectónica, pero al comienzo no todo fue color de rosas.

No pudimos conseguir un guía (en realidad pensamos que no sería necesario, pero llegando al final nos arrepentimos –en cierta parte– de esta decisión) que nos relatara la historia y los sucesos más importantes a medida que caminábamos por el sector. Sin embargo, lo que más nos impactó fue que, justo en el sitio principal donde es indispensable tomarse una foto con el alucinante Huayna Picchu de fondo, posamos con la bandera de nuestro sponsor Hotel El Escalón.

Observando el Machu Picchu.
Momentos donde sólo queda observar y dejar pasar el tiempo.

Nunca pensamos que tal acto generaría un problema, leímos todas las reglas y en ningún lado mencionaban la prohibición de hacer este tipo de cosas, aunque pensándolo bien, tiene su lógica, pero en ese instante, tanta belleza frente a nuestros ojos nos segó momentáneamente y sólo actuamos. En seguida dos guardias de seguridad nos llamaron la atención, nos hicieron borrar la foto y nos quitaron (por escasos segundos) la bandera. Todo frente a los cientos de turistas que se encontraban allí parados, bajando sus cámaras para observar lo que sucedía.

Su tono de voz era serio, puede que le hayamos hecho enojar (y lo entendemos, todos debemos cuidar así nuestros patrimonios), pero al pedirle disculpas nos devolvió la bandera, asegurando que si lo volvíamos a hacer, nos la arrebataría nuevamente, y pienso que lo hubiera hecho sin ninguna compasión.

Aunque a partir de ese momento caminamos por Machu Picchu con un poco de vergüenza, al rato nos olvidamos de ese mal momento y comenzamos a admirar la sorprendente arquitectura con que levantaron cada pared. Escuché a un guía decir que si este lugar se derrumba, quedaría arruinado porque no sabrían cómo volverlo a construir.

Viendo por una de las ventanas en la ciudadela del Machu Picchu.
Vistas emblemáticas.
Estructuras perfectas.
Estructuras perfectas.

En un momento me vi caminando sin Andrea a mi lado, luego nos encontramos y decidimos tomarnos un pequeño descanso bajo la sombre de un árbol. Teníamos pendiente recorrer la parte alta de la ciudadela. Estábamos agotados, pero eso no fue impedimento para que suba toda la cumbre del Intipunku, conocido también como Puerta del Sol.

Fueron 45 largos minutos de ardua subida, a cada paso el cansancio llegaba con más fuerza. Una vez arriba, la recompensa no se hizo esperar; una vista majestuosa del Huayna Picchu junto con la ciudadela. Lo único que quedaba por hacer era sentarme a contemplar a solas (es decir, sin Andrea porque sí habían más personas allí) tan sorprendente espectáculo; fue entonces cuando comprendí el mensaje escondido de todo lo ocurrido.

En lo más alto del Intipunku.
Desde lo alto de la Puerta del Sol.

Los Incas se caracterizaron por su amplia sabiduría, suficiente para determinar que ellos tuvieron participación en lo que nos sucedió. Muchas personas vienen acá con más baterías en las cámaras, que ganas en el corazón. Por lo que pienso que ellos hicieron que apreciáramos este histórico lugar como en verdad se debe: desde los ojos, sin permitir que un lente digital obstruya nuestra visión, para dejar guardada la visita en nuestros recuerdos y no sólo en una memoria de tantas GB.

Por cada foto tomada, se debe permanecer 5 segundos contemplando el panorama, así se lo apreciará realmente. Eso deduje en aquel instante y quiero que así sea el recuerdo de Machu Picchu. Me alegro que haya sucedido a tiempo, los Incas siempre supieron cuándo era el mejor momento para todo.

No sé si fue por la energía que abunda en lo alto de la Puerta del Sol, o si fue la barra energética que comí, pero lo cierto es que al bajar, descendí –poco me faltaba para correr– en 15 minutos. Deseaba caminar más rápido, pero las ganas fueron cesando cuando no encontraba a Andrea en el lugar que nos encontraríamos.

Mientras la buscaba sin éxito, vi el letrero que señalaba hacia el Puente del Inca, en ese rato lo ignoré –no era el momento–. Atravesé varias sendas con el objetivo de llegar a la entrada principal con la esperanza de ver allí a Andrea sentada, pero el camino me envió nuevamente a donde estaba, y pensé una vez más en los Incas y sus mensajes ocultos, ¿Acaso desearían que me dirigiera hacia el puente?

Agotado de tanto andar, caminé sediento hacia delante rumbo al puente y, en medio camino, me encontré con Andrea que estaba de regreso. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en días. La felicidad que nos rodeaba por haber conocido tan apreciable lugar, hizo que sin darnos cuenta, permanezcamos durante seis horas caminando y admirando cada estructura de esta maravilla del mundo.

Caminando sobre el Puente del Inca.
Puente del Inca.

Un sitio único, espectacular en todo sentido, con caminos que te envuelven y te invitan a perderte con la finalidad de hallar la verdadera esencia que existe aquí. Y al final, lo más sorprendente fue escuchar a otro guía decir las siguientes palabras: “Existe un nuevo camino que recién se está explorando para ver si encontramos nuevas ruinas”.

Atravesando túneles en las vías del tren.
La luz al final del túnel no siempre es el final.
SIGUE NUESTRO VIAJE DESDE LAS REDES SOCIALES:

            

1 Comment

Submit a comment