Quien nunca arriesga, jamás avanza

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Tanto en el trabajo como en la vida, siempre debemos tomar riesgos para ir un paso más adelante, jugárnosla hasta más no poder, o dicho en otras palabras: “darlo todo”. Llegará un momento en que nos encontraremos en medio de una situación compleja, donde la única salida será tomar una decisión osada. Si aún no lo has hecho, pronto el destino se encargará de concebirlo.

Y no habrá tiempo para pensarlo demasiado, deberás actuar y hacerle caso a tu instinto. Tarde o temprano tendrás que afrontar un reto, puede tocarte en horas laborales, al cerrar un trato, al emprender un negocio, incluso cuando sales de tu ciudad con el pretexto de conocer una playa semi-solitaria, ¿no lo crees? Pues esta es mi historia.

Junto a mi esposa nos encontrábamos en una playa de la costa ecuatoriana llamada El Matal, cuyo extremo izquierdo, conocido como Punta Ballena, se caracteriza por tener el mejor sitio para bañarse, ya que se presenta como una piscina natural anexada al mar.

No éramos los únicos que disfrutábamos de la tranquilidad de esta posa, también había una familia del sector. Sabíamos que la hora de partir había llegado cuando escuchamos al padre de familia decir:  “Vámonos que ya mismo sube la marea”. Ellos se adelantaron y nosotros aprovechamos a sacar algunas fotos del lugar.

Pero cuando quisimos salir por donde habíamos entrado, el agua nos lo impedía, tuvimos que caminar varios metros más al fondo, y aún así, nos cubría hasta la cintura. La arena se encargó también de frenar nuestra partida, su textura era tan blanda que los pies se enterraban 10 centímetros con cada paso que dábamos.

Mar turquesa en Manabí, Ecuador
Punta Ballena; un asombroso sitio que se le debe guardar respeto .

El camino por donde habíamos ingresado –la arena de la playa– ya no existía, todo estaba cubierto por las olas a excepción de las rocas, en las que resbalamos innumerables veces. Corrimos (en ocasiones saltamos) hasta llegar a una casa-restaurante abandonada, donde horas antes habíamos cruzado por la parte frontal, pero en ese momento el oleaje reventaba muy fuerte contra la pared de protección.

Tuvimos que trepar por un costado del establecimiento. Una vez parados en la parte alta, notamos que al otro lado nos esperaba un camino más angosto con rocas incuestionablemente peligrosas. Andrea –mi esposa– se negaba a pasar, yo lo dudé, una escena de ese calibre no brindaba ni un gramo de seguridad, pero debíamos tomar una decisión lo antes posible, mientras analizábamos la situación, se iban perdiendo valiosos segundos.

No quedó otra alternativa que lanzarnos a la aventura con miedo en nuestros corazones y dentro de la mente. Las olas nos impactaron varias veces que estuvimos a punto de perder las zapatillas. Hubo tramos complicados en los que pensamos dar media vuelta, pero tal hecho se hubiese convertido en una estrategia perdida.

Luego de sentir que la vida se nos iba con la corriente, logramos cruzar. La sensación al saltar de la última roca fue inexplicable. El riesgo había valido la pena, así como en un día normal de oficina frente a una nueva tarea, sólo que en este caso debimos afrontar un desafío que nos propuso la vida. Por eso es mejor estar preparado y atreverse a tomar más riesgos, antes que ellos te tomen a ti.

Texto publicado en Roast Brief

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