Quilotoa, un trekking alrededor de su cráter

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Caminar alrededor del cráter del volcán Quilotoa es una aventura total. Montañas, paisajes, vegetación, todo se combina mientras contemplas la laguna desde distintas perspectivas. Aquí te contamos cómo fue nuestra experiencia y te compartimos algunos tips.


Fecha del viaje: julio 2017
 Mira el video al final del post

A principio de año –febrero– fuimos por primera vez al Quilotoa para acampar frente a su laguna, estuvimos sólo una noche y nos quedamos con ganas de más, teníamos que regresar al día siguiente a nuestra ciudad y no pudimos realizar el trekking alrededor de su cráter.

Por lo que esta vez nuestro único propósito era completar el sendero. Nuestra estadía fue de dos noches. El primer día llegamos por la tarde, descansamos y nos preparamos para salir temprano a la mañana siguiente, no siempre se camina por encima del cráter de un volcán extinto –su última erupción ocurrió hace casi 800 años–.

Paisajes de la Sierra ecuatoriana.
Camino al pueblo de Quilotoa.
Cañón antes de llegar al pueblo Quilotoa.
Cañón llegando a Quilotoa.
Quilotoa en la noche.
Pueblo de Quilotoa durante la noche.

Arrancamos un miércoles de los primeros días de julio, hacía frío, mucho más que la primera vez. Abrigados y con las cámaras listas, nos dirigimos hacia el lado izquierdo del sendero (al ser circular, es posible iniciar por cualquiera de los dos lados). Ahora, para nuestro criterio, pensamos que esta opción es más factible con respecto a los ascensos y descensos del camino.

La primera parada obligada se hallaba en el mirador principal, frente a la calle que atraviesa el pueblo. Desde allí pudimos asombrarnos con la inmensidad de la laguna –mide cerca de 3 km de diámetro y 250 metros de profundidad–.

Quilotoa
Laguna de Quilotoa.

Para algunas personas, el sendero está catalogado como nivel medio, no obstante, para quienes no acostumbran a realizar caminatas o ejercicios constantes, podrían encontrarlo dificultoso, pero el paisaje que se logra apreciar mientras se avanza, compensa el esfuerzo.

El miedo a perdernos se desvaneció enseguida porque el camino se encontraba marcado. Manteníamos la laguna a nuestra derecha (una práctica sencilla para no extraviarse; si empezaste por el otro lado, sería a la izquierda). Vimos varios desvíos que conducían a pequeños miradores improvisados, nos detuvimos en casi todos.

Otro ángulo del Quilotoa.
Ver la laguna desde distintas perspectivas.
Al borde del Quilotoa.
Nos encontramos con muchos bordes.

Nuestro paso fue lento, no se presentaron mayores complicaciones más que sujetarnos fuerte y acuclillarnos para no resbalar en un descenso antes de la primera caseta de descanso, allí vendían bebidas y había una banca para recuperar fuerzas mientras se apreciaba la laguna.

A partir de este punto empezamos a caminar con prisa porque, según lo que nos comentaron, llegar hasta aquí normalmente tomaba cerca de una hora y media; nosotros nos hicimos tres. Era más de medio día y aún quedaba mucho por recorrer. Sin preocuparnos demasiado, continuamos por el camino de tierra y arena.

En ciertos momentos nos deteníamos para descansar, probar algún snack, tomar agua y admirar el panorama. A pesar de que la laguna era siempre la misma, verla desde distintas perspectivas le otorgaba un atractivo especial, sobre todo por el ligero cambio en la tonalidad de sus colores; variaba del turquesa al verde o al azul, dependiendo de la luz del sol (así como de los minerales presentes en el agua).

Sendero alrededor del Quilotoa.
Cada vez nos impresionaba más la laguna.

Cada tanto nos topábamos con personas que venían del sentido contrario, gracias a ellos nos enterábamos del tiempo que nos faltaba y, a la vez, nos advertían de las pendientes que nos aguardaban más adelante, aunque con un poco de suerte, descubrimos algunos atajos que las esquivaban.

No tuvimos miedo en adentrarnos en ellos (fueron sólo dos), ya que –como mencionamos anteriormente– el secreto para no extraviarse radicaba en bordear la laguna. Seguir las huellas de zapatos en el suelo de quienes pasaron antes, también ayudaba.

De esta manera descubrimos paisajes distintos, llenos de vegetación y rodeados por las montañas. Vimos personas labrando la tierra junto a sus pequeñas casas de madera, algunas vacas y, en un momento, un letrero a lo lejos que reposaba en la parte alta de la cumbre.

Caminos alternos en el Quilotoa.
Paisajes del otro lado de la montaña.
En la punta de la montaña.
Diferentes miradores.

No había atajo que nos salvara de este tramo. Con esfuerzo subimos la cuesta, al cabo de varios minutos, que los sentimos eternos, alcanzamos el punto más alto del Quilotoa –3.930 msnm–. El letrero, que ahora lo teníamos frente a nosotros, confirmaba que estábamos en el Monte Juyende, apreciando el inmenso panorama desde el mirador Las Golondrinas.

En lo más alto del Quilotoa.
Desde el punto más alto del Quilotoa.

De pie sobre el pico más alto del lugar, nos asombramos al darnos cuenta de todo lo que habíamos caminado. Todavía nos quedaban algunos kilómetros por delante. Continuamos sin desacelerar el paso, hasta que nuestros pies decidieron ir más lento, bajar por las pendientes (en medio de pequeñas piedras y rocas) nos resultó más complicado que subirlas.

Más adelante, una segunda caseta vacía nos recibió, hallamos únicamente una banquina al borde del barranco. Continuamos caminando, aunque cansados, nos alegramos al percatarnos que faltaba muy poco para llegar al mirador más reconocido de Quilotoa: el Shalalá.

Una estructura de madera construida en el 2013, en la cual es posible sobrepasar el margen del acantilado de forma segura y conseguir una vista de 180 grados hacia el cráter sin ninguna obstrucción. Los vidrios templados marcan el límite hasta donde uno puede acercarse.

Mirador Shalalá en Quilotoa.
Mucha tranquilidad en el mirador Shalalá.

Faltaba poco para culminar el trekking, una pendiente ligeramente pronunciada –junto con una hora y media– nos separaba del pueblo. Hambrientos y con pocas fuerzas, continuamos, encontramos dos miradores más desde donde nos pudimos despedir de la laguna.

En el primero –llamado El Torre–, cercado por unas cañas, hallamos un espantapájaros que se prestaba para acompañar las selfies de los turistas. En el segundo, más sencillo y a escasos metros del poblado, unas piedras hacían de baranda en el borde del suelo, desde donde tomamos las últimas fotos de un paisaje que difícilmente llegaremos a olvidar.

Espantapájaros en mirador de Quilotoa.
El mejor compañero de selfies.
Una gran vista a la laguna de Quilotoa.
Finalizando el trekking alrededor del cráter del Quilotoa.

Quilotoa nos marcó, no por nada está considerada como una de las 15 lagunas –de origen volcánico– más espectaculares del mundo.

TOMAR EN CUENTA:

Hospedaje
En Runa Wasi Lodge nos recibieron con un delicioso té de canela y maracuyá. Sus habitaciones son cómodas y cuentan con estufa. El desayuno y la cena (con opción para vegetarianos) están incluidos en la reserva.
Teléfono: (593) 033 055 820.

Restaurantes
Sisa Pakary Coffee Restaurant, se halla en un pasaje diagonal a la oficina de información turística. Entre sus especialidades están las empanadas de queso –son grandes y las hacen con máchica y 50 % harina de trigo–, el chocolate caliente y el canelazo preparado con naranjilla, piña, maracuyá, canela y aguardiante de caña.
Recomendamos también sus platos especiales como el locro de papa blanca. Precios desde USD $3 en adelante.
Chukirawa, ubicado frente al mirador principal, ofrece platos típicos a la carta –desde USD $5– y almuerzos por USD $4.

 Qué llevar
Sumamente importante cargar zapatos cómodos (para senderismo), abrigo para el frío y la lluvia, gorra, protector solar, mucha agua, sándwiches, dulces y chocolate. Infaltable una cámara de fotos y una bolsa para la basura.

Acampar
Descender hasta la laguna de Quilotoa y pasar la noche enfrente de ella, también es una increíble experiencia. Nosotros lo hicimos en el mes de febrero y es completamente gratis (sólo debes prepararte para el frío). Aquí puedes leer el post.
Para saber cómo y cuándo es más recomendable ir –desde Guayaquil–, también te recomendamos leerlo.

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