Una Navidad lejos de casa

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Pueden presentarse momentos donde extrañes más que nunca estar con tu familia, sobre todo en fechas especiales como Navidad, y más aún cuando vives situaciones inesperadas.


 Fecha del viaje: diciembre 2015

Por lo general los días 24 de diciembre las personas están preparándose para la noche que se avecina, dejando todo listo en sus oficinas para volver el próximo año, abandonándolas más temprano de lo habitual, alistando la comida, arreglando la casa para sus invitados. Nosotros aquel día caminábamos con las mochilas en busca de una carretera cercana.

En ocasiones se torna complicado salir a dedo de una ciudad, es necesario avanzar hasta las afueras, pero esa vez lo conseguimos desde una avenida. No llegamos directo a nuestro destino, siete vehículos nos condujeron hasta La Paloma (un reconocido balneario en Uruguay). Arrancamos al medio día y arribamos al lugar cerca de las ocho de la noche, por la época, el sol aún se asomaba a esa hora.

Haciendo dedo en Uruguay.
Esperando en la ruta un 24 de diciembre.

Nuestra idea era pasar una noche amena entre los dos, aunque si alguien se disponía a invitarnos a su hogar, con un pavo o un asado jugoso recién preparado, no nos hubiésemos opuesto. De todas maneras, deseamos tener nuestra pequeña cena, así que un dulce grande  junto con un vino se anotaron en nuestra lista, la cual no pudo ser completada.

Justo cuando pretendíamos ingresar al supermercado, el guardia de seguridad se interpuso entre las puertas. “Hoy cerramos temprano”, dijo y repetía lo mismo a cualquiera que se acercara, haciéndolos marchar y dejando en evidencia sus rostros desconcertados.

Caminamos sin saber bien cuál sería nuestro rumbo hasta que vimos una estación de servicio donde pudimos comprar budín, sándwiches y jugo. Había wifi gratis, por lo que permanecimos varias horas allí, aunque todavía no sabíamos exactamente qué hacer, era nuestra primera Navidad lejos de casa, sólo los dos. Deseábamos pasar un momento especial pero no fue así.

En la gasolinera unos chicos franceses se nos acercaron con la intención de convidarnos cerveza. Querían invitarnos a pasar la Noche Buena en su pequeño apartamento alquilado, pero temían molestar al dueño si metían más personas. Nos recomendaron armar la carpa en algún patio con césped de las casas deshabitadas, ya que hasta ese momento (pasado las 11 PM), no teníamos idea dónde dormiríamos.

Nos despedimos de los tres deseándonos una feliz Navidad. Teníamos lista nuestra bolsa con la comida pero sin tener el mínimo conocimiento de hacia dónde ir. Entre decisiones y pensamientos, nos agarró la media noche en la gasolinera, solos, viendo las celebraciones con juegos pirotécnicos a lo lejos. No fue como lo imaginamos.

Cada uno veía fotos de nuestras familias en el celular. Al final decidimos encaminarnos hacia un restaurante vacío cuyas mesas se encontraban afuera, fue el lugar más cómodo para cenar, y aunque la comida aparentaba ser poca, alcanzó para satisfacer nuestros estómagos. La situación era tan singular que después no quedó más remedio que reírnos.

Con el pasar de las horas nos sentimos mejor, sólo quedaba buscar un sitio donde pasar la noche. Alquilar un hospedaje hubiese sido absurdo y con un costo sumamente elevado. Veíamos varios espacios grandes –y verdes– para soltar la carpa pero no nos animábamos a hacerlo sin el consentimiento de los dueños.

La cajera de la estación de servicio nos sugirió acampar entre unos árboles de acacias frente a la playa de Bahía Grande. Comúnmente la policía realiza rondas nocturnas para impedir cualquier tipo de acto que vaya en contra de las leyes (como acampar en lugares prohibidos), pero eran las 2:30 AM del 25 de diciembre cuando decidimos ir a dormir.

Un perro que nos había acompañado durante el resto de la noche, hizo el papel de guardián, sin embargo, no podía dormir tranquilo ya que mucha gente salía a festejar (y por ende, a alcoholizarse), me levantaba con el mínimo ruido. Aparte, era la primera vez que acampábamos en un sitio cualquiera donde nos agarrara la noche.

5:30 Am salió el sol, nos levantamos para desarmar rápidamente la carpa. El perro ya no estaba. Para nuestro asombro, el amanecer decidió darnos los buenos días con un paisaje fascinante para nosotros solos frente al muelle. La aparición del sol como despertador natural, nos levantó el ánimo, tanto que al momento de acercarnos al único hostel –poco pulcro– a la vista, y preguntar por los precios (USD $19 por persona), nos marchamos riendo por tan absurda respuesta.

Bahía Grande, La Paloma, Uruguay.
Nuestro amanecer frente al muelle.
Amaneciendo en La Paloma.
Así da gusto madrugar.

Decidimos caminar por la carretera, daba la impresión de atravesar un bosque por la cantidad de árboles y plantas que se ubicaban a los costados. Aunque ligeramente hacía frío, el día se mostraba perfecto. Avanzamos hasta el camping La Aguada con la intención de alquilar una ducha.

Bosques en La Paloma.
Caminando junto al bosque.

El sitio parecía desolado, ningún encargado se asomó y sólo alcanzamos a ver dos carpas a lo lejos. Los baños estaban abiertos, y con el permiso de nadie decidimos usarlos. En ese instante no nos importaba el agua fría a las primeras horas de la mañana. Un baño calma cualquier malestar y renueva el cuerpo.

Frescos y con un aire nuevo, salimos a la ruta para hacer dedo (sobre la costa de Uruguay es muy fácil viajar de este modo). Llegamos a La Pedrera, conocimos el pueblo, vimos por unos instantes el mar y luego decidimos partir. Buscábamos un sitio tranquilo para descansar, ahí fue cuando se presentó la oportunidad de visitar Cabo Polonio.

La Pedrera, Uruguay.
La Pedrera.
Frente al mar en La Pedrera.
Con más ánimos contemplando el mar.

Esta vez esperábamos pasar una noche tranquila bajo las estrellas (todavía podíamos aprovechar la Navidad), pero un clavo decidió lo contrario. Apenas habíamos pagado la estadía y estábamos por salir del hostel, Andrea caminaba delante mío, cuando de repente se escuchó un golpe acompañado por un ligero grito de dolor.

No vi sangre ni vidrios rotos en el piso. “Me enterré ese clavo en la frente”, dijo ella con el pánico marcado en su rostro; quizás yo me puse más pálido al ver el tamaño y el estado –oxidado– en que se encontraba el metal. Sin hospitales ni farmacias en la zona, la situación no se mostraba para nada agradable.

Estábamos en medio de un Parque Nacional en la costa de Uruguay donde no existían calles ni alumbrado público. La mayoría de las viviendas eran hostales que contaban con generador eléctrico para usarlos a ciertas horas; todo pretendía ser ecológico, costoso y rústico, como el inestable piso de madera del hospedaje y su letrero grande con clavos sobresalidos.

Viviendas en Cabo Polonio.
Cabo Polonio, un lugar muy tranquilo.
Casas rústicas en Cabo Polonio.
Estilo de vida en Cabo Polonio.
Faro en Cabo Polonio.
No se podía acercar más al faro en esos momentos

La abertura no era grande, pero necesitábamos ir a un hospital para descartar cualquier infección. La cuidad más cercana estaba a una hora y media, de la cual, 30 minutos consistía sólo en llegar hasta la entrada principal del Parque, atravesando un camino de arena.

Los únicos vehículos autorizados para transitar por el lugar eran unos camiones adaptados para transportar turistas con salidas programadas. Fue una suerte que el accidente sucediera minutos antes de que partiera el último camión.

Vehículos en Cabo Polonio.
Camión con pasajeros.

Llegamos hasta una sala de emergencia, pagamos la asistencia médica y pudimos recién sentir la Navidad cuando las enfermeras le curaron la herida a Andrea (fue un alivio que no haya sido profunda) sin necesidad de agarrarle puntos, utilizaron únicamente brujita –pegamento– y le recomendaron ponerse la vacuna antitetánica lo más pronto posible.

Sabemos que fue una Navidad diferente, no podemos decir que la pasamos muy bien, pero tampoco nos arrepentimos de lo sucedido. Lo tomamos como una nueva experiencia, siendo esta la primera vez que ambos pasábamos Navidad lejos de casa. Ese suceso no detuvo el viaje, ni se nos pasó la idea de volver, continuamos con más energía que nunca, sin importar que al día siguiente, el celular de Andrea haya decidido practicar snorkel en el escusado.

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