El otro lado del florecimiento de los Guayacanes

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Se ha hecho mucha publicidad sobre el florecimiento de los Guayacanes, han publicado muchos artículos, sacado cientos de fotos y promocionado sólo un lugar como el único punto donde se puede apreciar esta maravilla natural, cuando en realidad este acontecimiento ocurre en distintas partes. No es tan fácil escribir esta crónica, así que empezaré por lo básico.


Ver las flores amarillas de los Guayacanes estaba puesto como nuestro primer destino en el viaje, ya que sucede una vez al año y deseábamos presenciarlo antes de salir del país. Usualmente florecen los primeros días de enero, y en esta ocasión la fecha estimada fue el 24 del mismo mes, sin embargo, muchas imágenes en redes sociales (algunas de entidades dedicadas al turismo) comenzaron a circular, manifestando que ya estaba en pie el florecimiento. Adicional a esto, presenciamos dos fuertes lluvias cuando nos encontrábamos en el pueblo de Alamor ­–provincia de Loja–, varias personas afirmaban que en Mangahurco (lugar reconocido por sus inmensas hectáreas de Guayacanes) también había llovido, lo que provocaría que las flores de este árbol estuviesen próximas a salir.

De Alamor llegamos a Pindal haciendo dedo y a la mañana siguiente nos trasladamos en bus hacia Mangahurco, de nada servía pararnos en la vía a levantar el pulgar porque aún no transitaban los carros particulares. La carretera era de tierra y angosta con un tiempo aproximado de tres horas. Al acercarnos al pueblo alcanzamos a divisar un Guayacán espléndidamente amarillo a lo lejos, en medio de la montaña seca. Si un árbol era capaz de provocar tanto asombro, no nos imaginábamos cómo sería cuando llegase el turno de los demás.

Nos bajamos en el único parque frente a la iglesia pensando encontrar un cajero automático, ya que contábamos con cuatro dólares y comida enlatada. Nos llevamos una gran sorpresa al enterarnos que no había señal en los celulares (los habitantes cuentan con teléfonos convencionales inalámbricos de larga cobertura brindados por la empresa CNT), no había internet (luego de varios días habilitaron wifi en la municipalidad), no había cajeros ni Bancos del Barrio en las tiendas. La incertidumbre se reflejó en nuestros rostros; sin comunicación con el resto del mundo y sin dinero. Pienso que esa era la verdadera aventura, considerando que se preveía para el fin de semana –llegamos un día martes– tener toda la montaña teñida de amarillo.

La buena noticia fue que el presidente de la parroquia nos ofreció acampar en el Salón de Actos de la municipalidad por varios días, debíamos montar la carpa a las diez de la noche y desarmarla a las seis de la mañana, le agradecimos pero no dormimos allí, ya que (esto es lo mejor de llegar a lugares recónditos) un señor llamado Don Romel nos prestó su ducha –el agua estaba habilitada por horarios– y nos permitió acampar en su sala, también nos compró una foto (debíamos buscar la forma de generar dinero). Otro ángel que se presentó fue la dueña de una tienda, quien nos ofreció unos ricos patacones con queso completamente gratis. La gente en este sitio era muy buena, excepto algunos cuando se trataba del turismo y el punto comercial

Primera venta de fotos en el parque.
Primera venta de fotos en el parque.
Estuvimos cerca de meternos en la pileta durante un día muy caluroso
Estuvimos cerca de meternos en la pileta durante un día muy caluroso

Al día siguiente teníamos pensado ir a Paletillas para sacar dinero de un Banco del Barrio, pero el destino nos puso en el camino a una maravillosa señora que nos llevó hasta Zapotillo (en otro post hablaré sobre la excelente forma en que, junto con su familia, nos brindó ayuda sin esperar nada a cambio), por lo que luego de dos días regresamos a Mangahurco para esperar, acompañados de cientos de turistas, el tan aclamado florecimiento.

Estuvimos cerca de nueve días en este cálido pueblo, durmiendo bajo la carpa en el patio (sin cercas ni nada) de una casa. Almorzando y merendando platos a la carta gracias a nuestra madre adoptiva, llamada Estela (la misma que nos condujo a Zapotillo), y su restaurante Los Yahairos. El pueblo era muy pequeño para abastecer a tanta gente que llegaba de distintas partes del Ecuador y el mundo, por lo que algunas personas, incluyéndola a ella, decidieron venir hasta acá a ofrecer lo mejor de su sazón y comida.

Andrea con las maestras de la cocina: Janet y “La Prima”.
Andrea con las maestras de la cocina: Janet y “La Prima”.

Esto suscitó que una mujer del comité llegara, acompañada por un policía, con carteles que mostraban precios fijos para todo aquel que quisiera vender sus productos alimenticios. La idea no sonaba mal, pero hubiera sido práctica si las tiendas (no todas) no hubiesen vendido 100 vasos de plásticos a $5.00, tan absurdo que los que hicieron caso terminaron con pérdidas, lo mismo padecieron los turistas con sus bolsillos al encontrarse con precios triplicados y escasos Guayacanes a la vista, sus caras de desilusión eran notorias. Sin embargo, poco a poco la voz de que en los pueblos ubicados alrededor de Mangahurco ya contaban con sábanas gigantes que cubrían de amarillo las montañas, se fue regando.

Cazaderos y su florecimiento

Un día nos embarcamos en el balde de una camioneta junto con dos viajeros más. Llevamos todas las mochilas porque pensábamos acampar allá. Nos despedimos de los que se habían convertido en nuestra familia durante esos días. En la carretera hacia Cazaderos se podía divisar enormes hectáreas de Guayacanes florecidos, foquitos encendidos en plena luz de día se mostraban como un paisaje único y fascinante. Todo era increíble, árboles y árboles cubiertos de un amarillo fuerte se extendían hasta donde la vista no alcanzaba.

Parábamos en medio de la vía para fotografiar tan deslumbrante panorama, no importaba estar bañados de polvo y tierra, pero nuestra idea de acampar en ese lugar se vio interrumpida al percatarnos que en este pueblito no había mucha comida (especialmente para Andrea que es una vegetariana que come mariscos), no contábamos con frutas ni nada enlatado y escuchamos a un señor decir que se le había acabado las botellas de agua, adicionalmente el calor era más intenso.

Camino de Guayacanes.
Camino de Guayacanes.
Floreciendo poco a poco.
Floreciendo poco a poco.
Contraste de colores.
Contraste de colores.
Sabana amarilla.
Sabana amarilla.
Cerro amarillo.
Cerro amarillo.
Nos moríamos por hacer esto.
Nos moríamos por hacer esto.
Flor de Guayacán.
Flor de Guayacán.
Enormes hectáreas de Guayacanes.
Enormes hectáreas de Guayacanes.
Al límite del país.
Al límite del país.

Regresamos a Mangahurco esperando que en cualquier momento cayera una fuerte lluvia, retornamos a trabajar en el Salón de Actos (tenía grandes escritorios con sillas cómodas), volvimos a ayudar en el restaurante de nuestra madre adoptiva y estuvimos una vez más viendo el desencanto de los turistas que vinieron desde tan lejos para no apreciar semejante acontecimiento. Varios avanzaron hasta los demás pueblos (Ojos de Agua, Cazaderos, La Pampa, Progreso, entre otros), pero la mayoría decidió dar marcha atrás. Algunos arribaron muy tarde y sólo encontraron las flores marchitas, pisoteadas en el suelo por los animales que se las van comiendo.

Mangahurco.
Mangahurco.
Así fue el panorama de Mangahurco hasta nuestra partida.
Así fue el panorama de Mangahurco hasta nuestra partida.

Partimos un domingo, entristecidos por dejar atrás a una familia que nos abrió sus brazos sin conocernos, a personas que nos permitieron entrar en sus hogares sin saber más que nuestros nombres. Mangahurco está lleno de gente amable que les gusta brindar ayuda, son más los buenos que los aprovechados por la masiva afluencia de turistas. A pesar de no haber visto sus montañas amarillas, nos fuimos con el recuerdo de haber convivido nueve días con personas excepcionales.

PD: según ciertas noticias, los Guayacanes florecieron en Mangahurco en los días de carnaval.

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