Círculo de favores, la ayuda viajera

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Es inevitable sentir miedo en lugares desconocidos, aunque siempre aparecerá una ayuda inesperada. Es difícil de creer, ¿verdad? Pero sucede.


Siempre nos preguntan si hemos tenido problemas durante los viajes, si en alguna ocasión hemos vivido momentos desagradables, específicamente desean saber si nos ha ocurrido algo malo. Aparte de pequeños incidentes que suelen suceder en cualquier instante de la vida, independiente del lugar en que te encuentres (como ver a tu celular zambullirse en el escusado, acampar bajo una tormenta, permanecer seis horas con el pulgar elevado en la ruta o clavarse un clavo en la frente), no hemos experimentado mayores inconvenientes.

Pero la buena suerte de vivir un sueño con buenas experiencias no surge sola, detrás hay alguien, o muchos, que cumplen un rol importante en el viaje: las personas. Son incontables las veces que nos han brindado una mano, o incluso dos, ya sea desde levantarnos en la carretera hasta darnos un espacio en sus mesas, sus hogares y en sus corazones al tratarnos como uno más de la familia.

“Haz a otros lo mismo que te gustaría que te hagan a ti”

Aún recuerdo la primera vez que alojamos a unos viajeros en nuestra casa en Guayaquil. Fue en el 2014 cuando llevábamos una vida normal como cualquiera, vivíamos con mis padres y a mi papá no le agradaba para nada la idea de tener a un extraño bajo el mismo techo. Con cierta incertidumbre y pocos días de anticipación le di la noticia, Rubén y Lucy vendrían y, sorpresivamente, accedió a recibirlos sin siquiera preguntarme el tiempo de permanencia ni desde cuándo los conocía.

Los chicos de Algo que Recordar en Guayaquil.
Con Rubén y Lucy, los chicos de Algo que Recordar.

Se alegró de tenerlos como invitados, al parecer, en su interior sabía que lo mismo que él hacía con ellos (dos viajeros que llevaban largo rato transitando por el globo), alguien lo haría después con nosotros. Verlo compartir con ellos me sorprendió, pero no tanto como unas fotos que me envió meses después.

Cuando partimos en nuestro viaje como novatos por Ecuador, mi papá me mandó un mail contando que conoció a una pareja viajera, estaban sin fecha de retorno y para sustentarse decidieron vender cócteles en la playa. En la foto aparecían los dos junto a mis padres, disfrutando de un día soleado y buena conversación.

Lo veía sin poder creerlo, desde que tengo uso de razón, a mi papá nunca le ha gustado que alguien se acercara cuando se encontraba en una silla sobre la arena, los mandaba a volar antes que pudieran formular alguna palabra. Hoy en día, siempre me cuenta cuando ve algún ciclista viajero o una kombi andando cerca de casa.

Ya que semanas antes de emprender el viaje, recibimos dos kombis en nuestro hogar, cuando unos vecinos se quejaron con la policía manifestando que aquellos vehículos pretendían quedarse a vivir frente al parque, mi papá dijo: “que se estacionen fuera de la casa, yo pongo mi auto frente al parque y así los demás no joden”.

Viajeros en Colinas de los Ceibos.
Con tres viajeros en casa. Nico y Lola (Kombi pa´l Norte) y Claudio. Recibiendo consejos previo a nuestro viaje.
Viajeros en Ecuador.
Con Marià y Marta de Furgo en Ruta, los recibimos por una tarde en casa.

Antes de salir por Sudamérica creía que todas aquellas historias que leía sobre viajeros que recibieron ayuda de extraños, durmiendo en casas de gente que acababan de conocer, no eran tan ciertas como las contaban, es difícil imaginar que allá afuera exista gente dispuesta a compartir con algún desconocido que vio en la ruta, pero mi convicción cambió al ser protagonista de esas mismas historias.

El mundo está lleno de gente con deseos de ayudar a los demás, gente que no espera a que el calendario marque diciembre para realizar donaciones o que no teme en regalar una botella de agua a quien llega caminando y agotado a su pueblo, gente que no le importa desviar su camino para acercar a dos viajeros recién vacunados y doloridos (la inyección de la antitetánica fue toda una odisea) hasta su destino.

Nos han convidado frutas, mermeladas, quesos caseros, incluso hemos recibido regalos inesperados como libros y recuerdos típicos de un pueblo. Los corderos patagónicos y las copas de vino que nos dieron sobre una mesa son incontables y memorables. Imposible olvidar todos esos gestos, como aquel señor en Uruguay que desde el otro lado de la vía nos gritaba si necesitábamos algo mientras caminábamos.

A veces no entendíamos por qué nos sucedían tantas cosas buenas, en especial cuando pensábamos que ya nada podría salir peor en un largo día gris, y es precisamente ahí, justo cuando te encontrabas a punto de tirar todas las toallas que te quedaban, aparece alguien ofreciéndote más de lo que necesitabas.

Hoy por ti, mañana por (inserte nombre de familiar)

Así como existe el meme de “todos tienen al menos un amigo al que le dicen chino”, podríamos asegurar que todos también tienen un amigo que se encuentra viajando, puede ser lejano, cercano, conocido o incluso un hermano, primo, etc.; lo sabemos porque muchos de los que nos han ayudado conocen a alguien que se encuentra deambulando por el mundo.

Madres con hijas recorriendo América del Sur, padres que tienen a sus hijos viviendo fuera del país, de alguna manera cuando nos ven y se detienen para apoyarnos en lo que fuese posible, sienten la convicción de que podría tratarse de su propia familia.

Cuando algo bueno e inesperado nos sucede, pensamos en cuál de nuestros familiares o amigos habrá hecho algún gesto similar. ¿A ustedes viajero/as no les sucede lo mismo? Es similar al karma pero el efecto recae en terceros.

Un día una amiga muy cercana me escribió para saber si nos encontrábamos bien (en ese instante no nos podíamos quejar), luego nos contó que vio a un malabarista en la calle y pensó en nosotros, su mente no dejaba de preguntarse si estaríamos pasando frío o hambre, así que le dio un billete de USD $20.

Quizás no siempre suceda de esa manera, ¿o puede que sí? Lo cierto es que si ayudas a quien lo necesite, indudablemente alguien más también lo hará con esa persona que conoces y a la cual extrañas tanto.

Es como un círculo de favores que nunca debería dejar de girar. Mientras terminas de leer estas líneas, es probable que a tu alrededor pase algún viajero con un largo camino por delante; piénsalo ¿te comprometerías a darle una vuelta al círculo?

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