Dedicado a quienes nos ayudaron

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El seis de marzo cumplimos dos meses de viaje, y la mejor forma de celebrarlo es dedicándole este post de “Cumple Mes” a todas las personas que nos han brindando una mano en el camino, gente que sin pedir nada a cambio nos abrió sus puertas y nos convirtió en parte de su familia.

“Hubo mucha gente que se detuvo en la vía para llevarnos en su auto, camión o balde de camioneta, pero vamos a hablar de quienes nos ofrecieron un lugar donde dormir”.

El primer caso de generosidad se dio en Pindal, un pequeño pueblo en la provincia de Loja, donde luego de haber almorzado un pescado espectacular en un comedor junto a la carretera, llamado Cabaña Gordito, necesitábamos encontrar un sitio para pasar la noche. En un principio queríamos acampar en las piscinas naturales (un balneario turístico de allí) que estaban más adelante, pero se veía muy solitario y lleno de insectos, por lo que decidimos descartarlo.

Optamos por preguntarle a los dueños del restaurante si conocían algún hotel cerca, nos dijeron que las únicas opciones se hallaban en el centro del pueblo. Al ver nuestra preocupación de caminar en medio de la noche por la autopista, cargando las cuatro mochilas, meditaron un poco y, al notar la carpa, nos propusieron acampar en su patio, solo debíamos mover las mesas y sillas, pero la señora enseguida sugirió que armemos la carpa dentro de su humilde casa, en un pequeño cuarto que tenían desocupado.

Primero lo limpiaría, quisimos ayudar pero no lo permitió. Al estar listo, nos dijo que le disculpemos por el lugar, que era lo mejor que nos podía dar; en esos momentos ese sitio era el paraíso para nosotros, a pesar de ser solo un piso de cemento rodeado de paredes de caña, con el baño –compartido por todos– en la parte exterior.

Aquí dormimos placenteramente mientras los grillos revoloteaban sobre la carpa.
Aquí dormimos placenteramente mientras los grillos revoloteaban sobre la carpa.
Entrar con $4.00 y salir con seis

Llegar a un pueblo pequeño donde los habitantes y la mayor parte del comercio se concentra en torno al único parque frente a la iglesia, y chocarte con la sorpresa de que la señal móvil es nula, sin cajeros automáticos ni el sistema de Banco del Barrio en las tiendas, no queda más que sentir cómo circula el pánico por tu cuerpo.

Así fue nuestro primer día en Mangahurco –ubicado a tres horas de Pindal–, con cuatro monedas de un dólar en el bolsillo y cierta comida enlatada, fue allí cuando vendimos fotos por primera vez en la banca del parque. Uno de los compradores, luego de conversar, nos prestó su ducha (teniendo en cuenta que el agua era escasa y tenía un horario de uso) y nos ofreció acampar en su sala, ¿Qué más podíamos pedir? Ah sí, unos patacones con queso (en este caso nos brindaron quesillo), y todo por una broma que hizo Andrea. La dueña de una tienda nos invitó a pasar a su casa con el fin de cocinar con ella dos grandes plátanos verdes.

En la banca del parque.
En la banca del parque.

Al día siguiente, cuando pensábamos dirigirnos a un pueblo cercano para tratar de sacar dinero, una señora nos levantó en la carretera, durante el trayecto nos convenció para ir a conocer su hermoso Zapotillo –al sur de Loja–. Hacerle caso fue lo mejor que pudimos hacer. Ella, junto a su familia y amigos, nos acogieron en su hogar; se convirtió en nuestra madre adoptiva por varios días. Incluso con ella regresamos hacia Mangahurco a esperar el florecimiento de los Guayacanes.

El cocinero, el señor Mariano (dueño de casa) y Janeth, la que siempre nos hacía reír.
El cocinero, el señor Mariano (dueño de casa) y Janeth, la que siempre nos hacía reír.
200 % natural.
200 % natural.
Camila, Belinda y Yara, acompañándonos a cada momento.
Camila, Belinda y Yara, acompañándonos a cada momento.

Nos dio de comer platos a la carta todos los días, no dejaba que gastemos de nuestro dinero, incluso le dio un obsequio a Andrea el día que nos fuimos. Junto a ella, estaban sus nietos, hijos y amigos (Janet, La Prima, Elvira Ordóñez y su esposo, que nos llenaron cada mañana con deliciosos jugos y batidos). La señora Estela posee una hermosa familia, y como toda madre, también tenía una preocupación enorme por nuestro viaje. Una vez nos dijo: “espero que en el camino encuentren gente como yo”, y así ha sido desde entonces.

Nuestra familia adoptiva, la señora Estela es la segunda de la derecha.
Nuestra familia adoptiva, la señora Estela es la segunda de la derecha.
Machala y su gente buena

Esta ciudad nos sorprendió bastante, la verdad teníamos dudas con respecto a visitarla, pero desde el principio mucha gente se ofreció a ayudarnos, y gracias a las redes sociales, tuvimos una increíble casa donde pudimos llegar. La amiga de una amiga habló con uno de sus hermanos –Stefano Serrano– y, sin ni siquiera conocernos, nos dio una habitación con todas las comodidades posibles. Por coincidencias de la vida, su primo (Alfredo Serrano, alias “La Mole”) resultó ser muy amigo de mi hermano, él nos invitó a almorzar y conocer ciertos lugares. Todo esto sin esperar nada a cambio más que agradables días de conversación. Amigos de siempre que ahora viven en otros sitios, también nos han apoyado, como nuestra gran amiga Silvia Peré, que nos ofreció una cama dentro de su acogedora casa en Montañita.

A San Vicente con guía incluido

Antes de pasar por Bahía de Caráquez y San Vicente, estuvimos en varios lugares como Olón, La Entrada y Manta, dos pueblos muy tranquilos y una ciudad en auge, alojándonos frente al mar en increíbles hostales y en un hotel lujoso, a pesar de que se trató de canjes (cambiamos fotografías por hospedaje) tuvimos un gran apego con las personas que nos contrataron y pasamos buenos momentos.

La familia de un gran amigo –Alfonso Loor– nos recibió en San Vicente. El señor Guillermo Loor fue nuestro guía turístico, nos llevó a varios lugares que no hubiésemos podido ir por nuestra cuenta, todos los días era un paseo diferente en el que la aventura siempre estaba presente hasta altas horas de la noche. La señora Glinis nos brindó una deliciosa comida típica en cada desayuno, almuerzo y merienda; la familia entera se portó de forma excelente, incluso el ambiente en el barrio era muy agradable.

El señor Guillermo Loor (sentado en el medio) y su familia, quienes nos recibieron como parte de ella.
El señor Guillermo Loor (sentado en el medio) y su familia, quienes nos recibieron como parte de ella.

“Haciendo Couchsurfing también tuvimos grandes amigos, Paulina y Andrea fueron las primeras en ayudarnos dentro de esta red”.

Hasta el día de hoy continuamos recibiendo gestos de generosidad, personas que nos han invitado a comer o acampar sin ningún costo en su hostería. Antes de salir muchos amigos nos dijeron que tengamos cuidado, ya que en las noticias únicamente se aprecia lo malo de nuestro Ecuador, pero la realidad es distinta; como una vez leí: “Los buenos somos más, sólo que no salimos en televisión”.

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