Entre las calles de Cuenca

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Algunos dirán que son peligrosas, depende cómo camines en ellas.


Llegamos a la histórica ciudad de Cuenca el martes 6 de enero por la tarde, es nuestro primer día en viajar sin un ticket de regreso y nos encontramos totalmente agotados debido a que el día anterior casi no pudimos dormir (terminamos de hacer las maletas a las cinco de la mañana). Es por esto que, luego de caminar hasta un hostal que nos recomendaron (Bauhouse), nos acomodamos inmediatamente en las camas y pasamos nuestro primer día de viaje descansando. En la noche nos levantamos únicamente para cenar y recibimos una lamentable noticia: nos habíamos perdido una pequeña fiesta –desfile– de disfraces que se realiza justo ese día.

A la mañana siguiente, luego de pasar sobre ríos y calles coloniales, nos topamos con un mercado llamado Mercado 10 de Agosto, y sin dudarlo entramos, tanto para conocer (dicen que para conocer realmente una ciudad, se debe visitar su mercado) como para comprar lo que nos hacía falta, y lo primero que nos roba la atención son unos huevos coloridos en un recipiente metálico.

Caminito.
Caminito.
El puente y el río.
El puente y el río.
Huevos coloridos.
Huevos coloridos.

Pasamos de puesto en puesto preguntando el costo de las frutas, sé que en los últimos siempre es más económico, y así fue, compramos manzanas y guineo, una señora mayor nos atendió, y al notar el interés de Andrea por unos camotes, se los obsequia diciéndole: “Usted sí ha sabido que esos son los camotes morados, tome, se los regalo”, le entrega tres primero, “tome, lleve más”. Nos alegramos enormemente, es la primera vez que nos regalan algo en el viaje.

Nos recomienda cocinarlos con queso, por lo que nos dirigimos al segundo piso. Una señora nos da dos pedazos de queso para probar, nos pregunta de dónde somos (es extraño pero a veces piensan que somos extranjeros), le contamos sobre nuestro viaje y se alegra por nosotros, nos dice que recemos mucho y que tengamos cuidado con la cámara, ya que Andrea la llevaba colgada del cuello. Nos vamos del mercado con frutas, queso y varias cosas más.

Chocolate gigante.
Chocolate gigante.
Nacimiento tradicional en el mercado.
Nacimiento tradicional en el mercado.
Un nacimiento con costumbres diferentes.
Un nacimiento con costumbres diferentes.
Personajes celebrando a su manera.
Personajes celebrando a su manera.
Mercado 10 de Agosto.
Mercado 10 de Agosto.
Sacaron yuca, a vender.
Sacaron yuca, a vender.

Más adelante visitamos el museo del sombrero llamado Casa Paredes Roldán (funciona desde 1946). Los sombreros provienen de la provincia de Manabí –Montecristi– porque allá crece la planta (Paja Toquilla o Carludovica Palmata) con la que se los fabrica, llegan en un modelo estándar y aquí les dan diseño y los adaptan a diferentes tallas y estilos. El museo es a la vez un taller, aquí mismo, a vista de todo el público, los elaboran. Primero los colocan en una máquina que les da la forma según el molde que se haya puesto, luego pasan a manos de unas mujeres que los confeccionan y cosen cada detalle con total atención.

El señor que nos explica el proceso de fabricación, nos invita a conocer la terraza, que lleva de nombre Terrazas del Barranco, donde apreciamos la mayor parte de Cuenca a plena luz del día. Nos despedimos de todos los que trabajan allí, pero nos quedamos un momento conversando con la chica que se encuentra en la recepción, hasta que abordamos el tema de nuestro viaje y le dejamos anotado en un papel la dirección de nuestra web. Antes de salir, le preguntamos cómo llegar a la Catedral (ya que se encuentra cerca de nuestro hostal), nos da las indicaciones, pero al último, dice que tengamos cuidado por las calles que estamos próximos a cruzar.

Museo Casa Paredes Roldán.
Museo Casa Paredes Roldán.
Abundancia de sombreros.
Abundancia de sombreros.
Modelos originales.
Modelos originales.
El modelo estándar.
El modelo estándar.
Escoger uno no es fácil.
Escoger uno no es fácil.
Moldeando.
Moldeando.
Dándole forma.
Dándole forma.
Cuenca desde las terrazas.
Cuenca desde las terrazas.

En Cuenca varias personas nos han repetido lo mismo; que es peligroso, que guardemos la cámara, que durante la noche no nos alejemos mucho, que mejor es transportarse en taxi, pero no lo vemos así, obviamente caminamos con precaución, vamos preguntando las direcciones de forma concreta, tomamos el transporte público (el cual me sorprende con su moderno sistema de cobro al subir, no es como en Guayaquil que hay una persona encargada de recibir las monedas, sino que una máquina cumple ese rol y me deja con la interrogante de si dará vuelto).

Tomando el bus es que llegamos por la noche al mirador de Turi, siempre atentos a cualquier situación extraña, y como no conocemos la ruta, le preguntamos a un señor en dónde es la parada del mirador, nos dice que aún falta bastante, al estar subiendo el cerro, veo una calle angosta y empinada, le pregunto si es para allá, a lo que me responde: “Por esa loma se va a la nueva cárcel”, y me dice que es más arriba, en la siguiente parada, la cual ya vendría a ser en el pueblo de Turi. Luego nos pregunta: “¿Ustedes de dónde son?”, le contesto que de Guayaquil, y él empieza a reír sin razón.

El bus se detiene, por todo lo que vemos a través de la ventana, pensamos que esta debería ser la parada, “Aquí ya se pueden bajar”, nos dice el señor. Antes de manifestarle alguna señal de incertidumbre o enfado, preferimos pararnos rápido y salir, pidiendo permiso y perdón por los empujones que provocamos para que el chofer no nos cierre las puertas traseras.

Una vez en la calle, nos damos cuenta que bajamos en el punto correcto, creemos que a ese señor le hacía falta un par de tornillos en la cabeza. Al mirador Turi no lo vemos para nada peligroso como nos habían dicho, hay muchos jóvenes tomándose fotos y parejas abrazadas, cautivadas –al igual que nosotros– por la increíble vista que ofrece este sitio tan alto, un panorama enorme que muestra la ciudad iluminada.

Toda Cuenca iluminada.
Toda Cuenca iluminada.
Mirador de Turi.
Mirador de Turi.
Se puede observar hasta el más mínimo detalle.
Se puede observar hasta el más mínimo detalle.
Disfrutando del lugar.
Disfrutando del lugar.

Aquí en Turi conocemos a Marco Esteban y Nubita, una pareja que nos hace el favor de bajarnos del mirador, mientras hablamos en el auto, les contamos sobre nuestro viaje y se quedan fascinados con el relato, nos hacen todo tipo de preguntas, desde que si no tenemos miedo hasta si pensamos en tener hijos. Luego nos llevan a conocer un pequeño parque llamado Plaza de Otorongo, donde la presencia de un nacimiento gigante, hecho al parecer, con papel aluminio, resalta a larga distancia. Al preguntarnos desde cuándo estamos viajando, se sorprenden al escuchar “desde ayer”, “Entonces tienen que decir que somos sus primeros amigos en el viaje” agrega Marco.

Nacimiento en la Plaza de Otorongo.
Nacimiento en la Plaza de Otorongo.

Al rato llaman por celular a Nubita, es un compañero que le pide un favor urgente, necesita que le lleve el pendrive a la universidad porque está a punto de tener una presentación en clases. “¿Quieren acompañarnos?”, nos preguntan, nuestra respuesta es afirmativa. Vamos rápido, llegamos y voy con Marco a dejar el encargo, pero no sabemos cuál es el salón, hasta que Nubita lo llama por celular a decirle el número de aula. Ahora tenemos vergüenza de tocar, un amigo de Marco pasa por el pasillo, al contarle lo que pretendemos hacer, pega el oído en la puerta y nos dice que están con el profesor más bravo de la universidad (Universidad Católica de Cuenca), Marco Esteban se arma de valor y golpea, sale un alumno que por suerte conoce, le pide de favor que entregue el dispositivo al amigo de Nubita, y así resolvemos un problema justo a tiempo.

Después de darnos un paseo por la urbe, donde conocemos el monumento de la Chola, vamos a comer hamburguesas a un sitio muy rico. Como ellos viven en Azogues –a 15 minutos de Cuenca– nos dejan cerca de una iglesia: “De aquí caminan largo y llegan a la Catedral, frente al parque, esta avenida es súper transitada, tranquilos”, dice al despedirnos. La caminata resulta más larga de lo esperado, pasamos entre calles desoladas casi en su totalidad, por nuestra mente cruzan las voces sobre tener cuidado y, a pesar de alejar los pensamientos negativos, aceleramos el paso, pero nada sucede, llegamos al hostal sin ningún peligro.

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