Barra de Valizas y Punta del Diablo

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En dos pueblos caracterizados por su ambiente hippie y fiestero, encontramos algo diferente para ver. Así fue como disfrutamos de Valizas y Punta del Diablo.


Fecha del viaje: diciembre 2015

Para avanzar, a veces se debe retroceder. Desde una ciudad –Castillos– a la cual llegamos en la noche, únicamente para dormir y, sobre todo, porque era la más cercana con un hospital –en el pueblo anterior tuvimos un accidente y no contaban con ningún dispensario médico–, salimos a pie, con las mochilas a cuestas, perdiéndonos entre sus calles en busca de la ruta principal (en este caso, la 16).

Queríamos hacer dedo hasta Barra de Valizas, un balneario de Uruguay muy concurrido en verano. En menos de un minuto de levantar el pulgar, estábamos embarcados en un vehículo que nos dejó en la entrada del pueblo, no tuvo problema en desviar por un momento su camino.

Nos alegramos por tal gesto, aunque recordamos al chico que se encontraba en la acera del frente (se dirigía hacia la dirección contraria), cuando le convidamos agua nos confesó que llevaba dos horas parado bajo la misma sombra. A veces la suerte demora en llegar

De Barra de Valizas sólo habíamos escuchado su característica particular: “Es un pueblo hippie”. A decir verdad, en primera instancia se presenta así, más aún si se visita la plaza principal cuando el sol está por descender completamente.

Malabaristas en Valizas.
Malabaristas.

A la vista saltan puestos de artesanos, malabaristas, viajeros tocando su guitarra. Por la noche suelen presentarse en plena calle grupos de baile –vimos uno de samba– que, con sus ritmos y tambores, van contagiando a todo el público y curiosos que se acercan.

Por otro lado, la playa lucía perfecta para pasar la tarde, el sol lanzaba sus rayos más fuertes (es muy importante colocarse protector solar en Uruguay), y aunque el calor provocaba quitarse toda la ropa y meterse al mar, el agua permanecía congelada (estaba por comenzar el verano), pocos eran los atrevidos que nadaban con tranquilidad.

Una de las actividades más llamativas que se realiza en Barra de Valizas, es caminar sobre las dunas que se ubican a pocos kilómetros de la playa. Incluso partiendo muy temprano por la mañana, es posible llegar hasta Cabo Polonio y regresar en el mismo día, llevando siempre suficiente agua, comida y vestimenta para protegerse del sol.

Dunas en Valizas.
Dunas.
Sol detrás de la montaña en Valizas.
El sol diciendo adiós.

Nosotros no pudimos realizar aquel recorrido; en realidad, ya habíamos ido a Cabo Polonio y también ya habíamos caminado sobre dunas, pero todos nos mencionaron que, aparte de lo increíble que resultaba la experiencia, en una parte del trayecto se debía cruzar un río. No era dificultoso, pero había que ser cuidadoso.

En total fueron tres días que permanecimos en el pueblo, alojándonos en un camping (también era hostel) donde se improvisaba para armar la carpa en el sitio más adecuado, había suficiente espacio para agruparse. Los árboles ayudaban a cubrirnos del sol durante el día (buscar sombra siempre es importante a la hora de acampar).

Lo peculiar de este lugar era su infraestructura, una casa de barro construida por su mismo dueño (Rodrigo, más conocido como Ro), el cual era un personaje que hacía reír hasta al más serio. La forma en que realizaba el check in también era única y poco convencional.

Lo hacía en la noche, en el patio trasero junto a una fogata, reunía a los huéspedes y los sentaba alrededor del fuego. Los nuevos debían presentarse, uno por uno, y responder ciertas preguntas relacionadas al sexo, drogas, estado civil, etc. Entre risas todos iban perdiendo la vergüenza y decían lo que podía entenderse como la verdad.

El lugar era pequeño pero bien distribuido (guardaba elementos rústicos y ecológicos) con espacios donde podían haber niños jugando sin oír nada de lo que hablaban al otro lado.

La mitad de los hospedados estaban por intercambio, es decir, hacían trabajos dentro del establecimiento (como pintar, arreglar las paredes, armar estantes, etc.) por dormir y comer gratis.

Con todos entablamos una buena relación, preparábamos almuerzos juntos y conversábamos de nuestros países mientras en el ambiente –en ciertas ocasiones– se paseaba un olor a marihuana, ya que en Uruguay era legal.

TOMAR EN CUENTA:

Alojamiento
Existen varias ofertas para alojarse, pero si el plan es viajar con bajo presupuesto, recomendamos “Lo de Ro”, el costo por acampar es de $250 pesos uruguayos (USD $8.33) por persona. También cuenta con habitaciones privadas.

Cuándo ir
La mayor parte de la Costa uruguaya se la disfruta mejor en verano (enero y febrero). Sin embargo, en diciembre no hay tanta gente y los precios todavía no aumentan. Otro factor es que el clima luce perfecto para estar frente a la playa.

PUNTA DEL DIABLO

Desde Barra de Valizas llegamos a Punta del Diablo a dedo, bajándonos frente a la playa. El trayecto fue corto y sin complicaciones. Nos habían advertido que el pueblo se caracterizaba por ser el destino preferido de los farreros en verano. Habían por montones cabañas en alquiler para grupos de entre 8 a 10 personas.

Casas en Punta del Diablo.
Punta del Diablo.
Conociendo Punta del Diablo.
Conociendo el pueblo.

La mayoría de los hostels que visitamos tenían ese mismo reconocimiento fiestero. Cuando entré en uno de ellos para averiguar el precio de la estadía, me encontré con bolsas grandes de basura repletas de botellas de licor (algunas estaban tiradas por los pasillos). No había ninguna persona despierta –era medio día– ni nadie atendiendo en recepción.

Seguimos en la búsqueda hasta que chocamos de frente con un hospedaje que poseía todas las características que buscábamos. Ambiente tranquilo, huéspedes ordenados dispuestos a cocinar en conjunto y sin ganas de hacer un alboroto en el hostel.

Costaba USD $10 por persona (habitación compartida). Como solemos hacer siempre, fuimos sin reserva y logramos quedarnos hasta el 01 de enero, lo que fue una suerte porque, debido a la fecha, todo estaba lleno.

Para el 31 de diciembre preparamos una cena entre todos, incluía vino y postre. Éramos 10 personas de distintas nacionalidades, y para nosotros, era la primera vez que pasábamos fin de año (al igual que Navidad) fuera de nuestro país. Cuando el reloj marcó las 12, fue inevitable extrañar la tradición que se vive en Ecuador: quemar los años viejos –monigotes– con camaretas.

Esa noche hubo muchos juegos pirotécnicos en Punta del Diablo. Había también bastante gente caminando con cerveza, vino o cualquier otra botella en las manos. Música por todas partes, personas en la playa, bares, discotecas, fiestas, todo lleno. Pero nosotros no nos quedamos hasta el amanecer, regresamos temprano al hostel.

Luces en el cielo.
Juegos artificiales.
No todo en Punta del Diablo se trata de farras

Un día amaneció lloviendo, llevábamos varios días en el pueblo sin poder salir a recorrerlo. La mayor parte del tiempo la pasábamos frente a la computadora trabajando, aprovechábamos la comodidad de la cocina. Había una mesa amplia y buena señal de wifi, aunque por las ventanas entraba mucha tierra.

Así que poco nos importó el clima, queríamos salir del hostel, dejar atrás las cuatro paredes que llevaban días rodeándonos y pasear por Punta del Diablo como nos gusta hacer cada vez que viajamos a un nuevo destino. Sólo habíamos salido para ir a la tienda, luego cocinábamos, lavábamos, trabajábamos y finalmente dormíamos.

Parados frente a la Playa de los Pescadores vimos el furor del mar bajo un cielo nublado. Subimos por unas rocas grandes ubicadas cerca de la orilla. Casi llegando a la punta se levantaba el monumento a Artigas. A lo lejos parecía un surfista de pie esperando a que las olas lo alcanzaran.

Rocas en Punta del Diablo.
Sobre las rocas.
Monumento sobre las rocas.
Viendo el monumento.
Monumento a Artigas.
Monumento a Artigas.

Al descender de las rocas, nos llamó la atención una casa abandonada frente a la playa. El mar se había encargado de deteriorarla. Entramos y el olor a orine era mortal, impregnado por todo el ambiente. Al parecer no habían animales y las paredes estaban cubiertas con grafitis. Para una exploración corta durante el día, valía la pena entrar.

Casa abandonada en Punta del Diablo.
Casa abandonada.
Dentro de la casa abandonada.
Interior abandonado.
Habitaciones abandonadas.
Paredes sucias.

El viento estaba tan fuerte que sentíamos que nos levantaba en peso, sobre todo cuando subimos a la parte alta de otra roca enorme. Debíamos agacharnos para no caer. Frente al mar se veían otras casitas con techo de paja, deshabitadas y en mal estado a punto de derrumbarse.

Casa deteriorada.
Casa a punto de volarse.

Al día siguiente hubo un intenso sol y Andrea decidió meterse en el helado mar (en la Playa del Rivero), no podía terminar el año sin nadar en el Atlántico. Había gente surfeando a pesar de haber bandera roja, también se veía un letrero advirtiendo que no había seguridad y uno debía cuidarse por sí solo.

Afuera del supermercado se hallaba un puesto de frutas y legumbres, quien atendía era un señor mayor de nacionalidad brasileña. Siempre nos saludaba, alegre de entablar una conversación con nosotros. Su recomendación fue que regresáramos en marzo, según decía, en esa época no había mucha gente y el mar permanecía caliente.

El primer día del nuevo año nos despedimos de nuestros nuevos amigos, dijimos adiós a Punta del Diablo y antes de salir a la ruta para hacer dedo, un chico de Brasil (hospedado con nosotros) me regaló un hueso pequeño de dinosaurio. Se trataba del fósil de un Gliptodonte encontrado en Rio Grande do Sul. Todavía lo conservo. Dijo que era para la suerte, y así lo corroboré durante todo el viaje.

TOMAR EN CUENTA:

Alojamiento
El hostel donde nos quedamos se llamaba Aldea del Mar.
Vimos un camping (decían que era económico) a la entrada del pueblo, cerca de la carretera principal, pero quedaba lejos del centro y de la playa.
También nos hablaron sobre un bosque cercano, una pareja dijo que allí habían acampado gratis.

Cuándo ir
En nuestra opinión, aconsejamos lo mismo que mencionamos para Barra de Valizas.

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