Frutillar, te sentí

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Durante el viaje, uno se encuentra con pueblos encantadores que cautivan  hasta al más nómada. Así es Frutillar, si no reaccionas a tiempo, pasarás de viajero a convertirte en habitante.


Viajar te hace soñar cada vez más, te da un sentimiento de libertad en todo aspecto, motiva cada uno de tus objetivos y te regala un acelerador para lograr vivir sin parar. Pero lo más importante es que te ayuda a descubrir tu ser, tus fortalezas, debilidades, sensaciones y, más que nada, tu corazón.

Cada lugar al que vamos, lo sentimos en cierta forma como nuestro, como si nuestros ojos fueran los únicos que están viendo. Nos elevan todas las emociones y sabemos que al decir –¡wow mira eso!– es porque nos asombra de sobremanera.

Árboles junto a la carretera.
Entrando a Frutillar.

“¿Cuál es tu lugar favorito?” Es una de las preguntas que nos formulan constantemente, siempre es difícil responderla. No tenemos un lugar favorito hasta ahora, quizás para mí en realidad sean los ojos de mi esposo, pero bueno, si hablamos de lugar… no, no se puede pensar. Imposible elegir.

Todo lugar es especial, todo lugar tiene su maravilla detrás que muchas veces no ha sido explorada o quizás pasa por alto. Y esto sucede porque todos percibimos las cosas de distinta manera, ya sea por culturas, por climas, por formas de pensar, por ánimos. Por muchas razones.

Pero es posible que llegue una parte del viaje que estás empezando a darte cuenta de algo, de algo que jamás había sucedido y esta vez pasó.

Silla bajo un árbol.
El mejor puesto para reflexionar.

Siempre me dijeron que al estar de viaje, en algún momento iba a encontrar el lugar donde yo me sentiría parte del circuito, en donde al pisar su superficie percibiría un fuerte deseo de no moverme más.

Y en este lugar me convertí en un árbol con sus raíces entrelazadas a su superficie, noté que al caminar, sus casitas me veían con sus ventanas abriendo la puerta de cada una de ellas, que sus flores me perfumaban para que en cada esquina el nombre de sus calles me  piropearan, que los volcanes alzaban sus brazos para ser capturados en una fotografía, que su lago bailaba al ritmo del viento para transmitir alegría a mi alma, que sus caminos eran resbaladeras de seda para deslizarme por sus avenidas, que el sol reflejaba mis ojos, mi sonrisa, mis mejillas para no dejar de brillar.

Casa en Frutillar.
Casa de muñecas.
Viviendas de encanto en Frutillar.
Una de las tantas casas que me sorprendieron.
Bicicleta de adorno.
Flores saludándome.
Calles hermosas en Frutillar.
Reunidas para sonreír.
Otras perspectivas del Volcán Osorno.
¿Ven el Volcán Osorno?
Playa en Frutillar.
El viento despeinando la orilla.
Flores rosadas y moradas.
Colores que cautivan.
Calles hermosas en Frutillar.
Calles por las que siempre quisiera caminar.

Sentí que este lugar nació y creció para mí.

Sentí. Sentí lo que jamás pensé que iba a sentir.

Piano frente al Lago Llanquihue.
La cultura nunca falta.
Paisajes de Frutillar.
Frutillar nunca deja de verse especial.

Frutillar te sentí. Pero hay algo que no deja de ser más fuerte.

El maravilloso e inspirador deseo de continuar por las rutas del mundo entero.

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