Basta sólo una decisión para viajar

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¿Te has preguntado cuántas horas al día pasas dentro de un auto? O ¿un bus? Atrapado en el tráfico por más de una hora; es cierto que en ocasiones la música ayuda, pero no siempre están las canciones que queremos, o el iPod se encuentra descargado u olvidado en algún rincón de la casa. Una hora de ida y otra de venida, es lo regular, o como otros dirían: es lo normal.

Así como también es normal levantarse a la misma hora gracias al despertador, vestirse de la misma forma, manejar por las mismas calles, sentarse en el mismo escritorio, la misma silla, regresar en el mismo bus. No puedes alterar esa atmósfera que día a día te acompaña, tu cuerpo cumple con los compromisos exigidos, pero ¿qué hay de tu mente? ¿Has notado que la concentración no es la misma? ¿Será esto una señal? Por lo menos para mí sí lo fue.

Llevaba tiempo con la idea de querer dejarlo todo por viajar, sabía que el primer paso era comenzar por el trabajo (entiéndase por trabajo ir 8 horas o más al día a una empresa). Pero la famosa frase “Aún no, pronto ya renunciaré” hacía que cada vez postergue más el viaje. Mi cuerpo se encontraba plasmado en la silla, frente al computador, pero mi mente viajaba; a veces me preguntaba cómo sería el momento de la partida o qué ruta me otorgaría el destino. Luego me daba cuenta dónde estaba realmente (sentado en la oficina). ¿Qué hacía falta para irnos de viaje?

La decisión ya estaba tomada hace bastante tiempo, sólo que todavía no la habíamos ejecutado como realmente se debía. Habíamos dicho: sí, nos vamos, en unos meses, aún no, primero hay que alistar pequeñas cosas. Esas cosas estaban disfrazadas de excusas. La decisión no sólo se la toma, se la aplica, ¿Cuándo saldríamos exactamente? ¿Qué es lo que estábamos esperando? ¿Éramos nosotros los que habíamos creado esa espera?

¿Acaso te has preguntado si eres feliz haciendo lo que estás haciendo? De no ser así ¿cuáles son tus excusas?

Indudablemente aparte de la espera, también se había generado un sentimiento de temor, quizás era miedo a lo desconocido, a lo que nos íbamos a enfrentar, a viajar indefinidamente; sabíamos que lo más importante era tener las ganas de salir. Sabíamos también que algunos nos dirían que íbamos a ser unos más en la extensa lista de viajeros intrépidos, pero la diferencia se encontraba en que este sería nuestro viaje, las experiencias nunca ocurrirían igual.

Cuando me di cuenta que mi concentración no era la misma, y acepté por fin la realidad y el proceso por el que mi mente estaba pasando, decidí (no sin antes pensarlo dos, tres y cuatro veces) renunciar a la empresa, un buen trabajo en el que llevaba cerca de tres años como redactor y diseñador gráfico. Lo más difícil no fue sólo eso, también debía despegarme de ciertas comodidades a las que me había acostumbrado: salidas, comidas en restaurantes poco económicos, ropa, entre otras cosas.

No dejes que nada te ate.
No dejes que nada te ate.

Ahora observo a Andrea y siento que nuestro destino está allá afuera, teniendo un escritorio en diferentes lugares. La miro y noto que ya debemos concentrarnos 100 % en nuestro proyecto, la fecha de salida ya está definida (5 de enero 2015),  falta tan poco para partir. La imagino tomando fotos y editando, amando su trabajo. Los dos haciendo diseños juntos, intercambiando ideas y yo escribiendo. Ya es momento de renunciar a todo. Es hora de vivir nuestro sueño porque no vamos a vender nuestra libertad por un sueldo.

“No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Buda

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