Desierto de la Tatacoa, conociendo otro planeta en la tierra

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De los lugares más impresionantes de Colombia, el Desierto de la Tatacoa se presenta como un paisaje árido de otro planeta. Te contamos cómo llegar y lo que puedes conocer en sus enormes extensiones donde, si no se toma precaución, es posible perderse (sí, eso nos ocurrió).


Fecha del viaje: agosto 2017

¿Cómo llegar?

El punto de partida fue en la terminal de buses de Bogotá, donde esperamos en sus pasillos hasta la medianoche para tomar el bus que nos conduciría hasta Neiva, ciudad desde la cual nos dirigiríamos hacia el Desierto de la Tatacoa.

Viajamos con la empresa Coomotor. Compramos los boletos en la ventanilla y nos dieron descuento por adquirirlo con pocas horas de la salida. Pagamos $63,000 pesos colombianos –USD $21,89– cada uno por un servicio cómodo, nos brindaron refrigerio, cobija, bolsa para el mareo (algo que comimos hizo que nos sintiéramos mareados), había pantalla individual en cada asiento, pero no pudimos disfrutarla por las vueltas que nos provocaban en la cabeza.

El tiempo estimado era de seis horas. Antes de las 05:30 Am, todavía a oscuras, ya estábamos en la terminal de Neiva. Esperamos allí dentro, sentados junto a las mochilas hasta que amaneciera. Luego, cuando fueron abriendo los comercios y la gente comenzó a llegar, empezamos a averiguar sobre algún transporte que nos llevase hasta el desierto o Villa Vieja (el pueblo más cercano a nuestro destino final).

Junto con un chico que conocimos ­–viajero de Perú–, logramos subirnos a una furgoneta que, por $15,000 COP –­USD $5,21–, por persona nos acercó los 38 kilómetros que nos separaban de la segunda zona árida y más extensa del país (la primera es La Guajira, extremo norte por donde también estuvimos).

Paramos unos minutos en Villa Vieja para provisionarnos con frutas, mucha agua, atún, galletas, ya que los alimentos en la Tatacoa son escasos y con precios elevados. En poco más de una hora llegamos por fin al desierto. Aunque se lo conoce con tal denominación, afirman que en realidad se trata de un bosque seco tropical.

Sea como fuere, lo cierto es que desde la entrada, por medio de la abrasadora carretera, el paisaje rocoso y rojizo nos dejó con los ojos desorbitados. Nos encontrábamos en la zona conocida como Cusco, donde el tono rojo cubre toda la superficie.

Parte roja del Desierto de la Tatacoa.
Lo que aparecía al otro lado de la ventana.
Zona roja del desierto.

El chofer de la furgoneta sugirió dejarnos en el hospedaje La Tranquilidad, frente a uno de los Observatorios Astronómicos (cerca de la posada el Tigre de Marte). Las hamacas costaban $10,000 COP –USD $3,47– y la cama en habitación compartida $15,000 COP –USD $5,21– por persona. Escogimos esta última y éramos los únicos dentro del cuarto.

Logramos dormir sin que el sudor nos levantara, no hubo enfrentamientos con mosquitos. Los lockers –casilleros– se ubicaban afuera y alquilar uno costaba $6,000 COP –USD $2,08– y $3,000 COP ­­–USD $1,04– si contabas con tu propio candado.

Los baños también se instalaron fuera, no era necesario el agua caliente. Provocaba ducharse más de dos veces al día, pero aquí era necesario ahorrar agua. Pagamos $13,000 COP –USD $4,52– por un sencillo almuerzo en el restaurante del hospedaje.

¿Qué hacer en el Desierto de la Tatacoa?

El primer día nos dedicamos a descansar durante toda la tarde, llegada las 04:45 Pm, con el astro a medio ocultar, caminamos hasta el Sendero Cusco –en el sector rojo–, quedaba relativamente cerca para ir a pie (en el hospedaje también se rentan motos).

Llegamos sin complicaciones, nos encontramos con un gran letrero que indicaba el camino que debíamos seguir. El sendero estaba señalizado. Un paisaje similar al planeta Marte resurgía frente a nosotros con cada paso. Nos adentrábamos en un laberinto de pequeñas montañas áridas en las que, aparte de los yacimientos fósiles, era fácil hallar culebras, aunque ese no fue nuestro caso.

Paisajes de otro planeta en Colombia.
¿Seguimos en el planeta tierra?
Sendero Cusco, Desierto de la Tatacoa.
Adentrándonos en la inmensidad del desierto.
Arcoíris en el desierto, Colombia.
Arcoíris en medio del desierto.

Pasamos por pasillos estrechos, vimos algunas de las formaciones más reconocidas de la zona, como Las Catedrales y La Torre, concebidas por la erosión hídrica y eólica. El recorrido, cuya extensión es de 2,14 km, se lo puede realizar en una hora y media.

El grado de dificultad era leve, y a pesar de que los letreros nos indicaban por dónde seguir, llegando al final nos perdimos, o mejor dicho, demoramos en hallar la salida porque desde donde estábamos parados, lográbamos ver el mirador con las personas sentadas contemplando el panorama antes de la caída del sol.

Cuando por fin subimos, no alcanzamos a disfrutar de la vista, la oscuridad se estaba apoderando del lugar. Regresamos al hostal sumidos en la penumbra, alumbrados únicamente con la linterna de los celulares, así veíamos por dónde pisar. Las luces de las motos y carros que circulaban cada tanto, aparte de bañarnos en tierra, nos indicaban el camino.

Caminando en la Tatacoa.
Caminos del desierto, seguíamos el sendero.
Paisajes del desierto.
Las nubes empezaron a llegar, aunque el paisaje daba miedo, nos encantó permanecer aquí.
Tierra árida del desierto.
El suelo, el entorno, todo lucía árido.
Cayendo la noche en el Desierto de la Tatacoa.
Nos agarró la noche, el panorama se volvió opaco, no?

Recomendable cargar linterna y llevar gorra durante el día

Al día siguiente pagamos $10,000 COP –USD $3,47– cada uno para que nos llevaran –en auto– hasta el Sendero Los Hoyos, conocido como la parte gris del desierto por el color de la tierra y famoso por la piscina artificial que ayuda a calmar el calor de los turistas.

El cielo amaneció nublado, lo que disminuía el efecto del sol sobre nosotros. Ahora nos favorecía, sin embargo, nos perjudicó la noche anterior, ya que llovió durante horas (hecho poco habitual en el desierto), impidiendo que observáramos las estrellas.

En este sendero, el grado de dificultad asciende a nivel tres. Son 2 km de recorrido que se los completa en dos horas, o así lo confirma el letrero colocado en la entrada, asegurando también que el sitio es ideal para la observación de aves.

Partimos a las 08:30 Am y quedaron en recogernos al mediodía. Pagamos sólo por transporte, el tour completo costaba $30,000 COP –USD $10,42– por persona e incluía guía y visita a dos sitios más, los cuales terminamos visitando de igual forma porque el mismo chofer llevaba a otros chicos que pagaron el tour completo, íbamos todos en el mismo vehículo.

El primer punto se llamaba Ventanas, su principal característica era que se hallaba en la zona más alta del Desierto de la Tatacoa –510 msnm, en la zona roja llegaba casi a 300–. Más adelante, sobre la carretera, se encontraba el Valle de los Deseos, donde cientos de personas descienden para armar pequeñas torres con las piedras que encuentran en el suelo (a simple vista se puede notar una fila extensa de ellas que el viento no ha podido derribar).

Zona más alta del Desierto de la Tatacoa.
Excelente vista desde las Ventanas.

El sendero Los Hoyos no se encontraba señalizado. Seguimos por el camino trazado, por donde pasa el río, seguimos al guía que orientaba a las personas que pagaron el tour completo (sin percatarnos los perdimos de vista), seguimos huellas de zapatos frescas; nada sirvió, aún así nos perdimos.

De cierto modo, al principio estábamos tranquilos disfrutando del paisaje gris, pensábamos que en cualquier momento nos toparíamos con alguien o un letrero nos colocaría nuevamente por la senda correcta. Corría el tiempo y seguíamos los tres, solos, sin un rumbo fijo.

Paisaje del Sendero Los Hoyos en el Desierto de la Tatacoa.
La inmensidad del Sendero Los Hoyos.
Laberintos grises, parece fácil perderse, verdad?
Parte gris del desierto, Colombia.
Para evadir el miedo, jugábamos con las formaciones. Eran excelentes spots para las fotos.

El mapa de los celulares no mostraba el camino exacto, Andrea estaba a punto de entrar en pánico. Con Nilser (el chico de Perú) nos trepamos encima de los áridos montículos, no quedó más opción –estaba prohibido–, necesitábamos divisar desde lo alto el rumbo que debíamos tomar para salir de aquel laberinto. Logramos guiarnos gracias a las casas que se encontraban a lo lejos, sabíamos que se situaban junto a la carretera.

En un momento apareció una manguera que al primer segundo la confundimos con una culebra por su color oscuro, seguimos su trazado hasta toparnos de frente con una alambrada. La atravesamos, temíamos que apareciera un perro –o varios–, nadie resultó herido. Salimos a la carretera, a pocos metros de la entrada del sendero.

Caminos del Desierto de la Tatacoa.
Frente a nosotros sólo aparecían piedras en el camino. Aún así disfrutamos del desierto.
Sendero de Los Hoyos, Tatacoa.
Sin las nubes encima, hubiese sido complicado andar por aquí.

Una vez más agradecimos que las nubes nos protegieran del sol. Pasó el susto y llegaron las risas. Todavía queríamos continuar recorriendo el sendero, así que nos adentramos nuevamente, pero esta vez utilizando el camino corto –y marcado– de escaleras que conducía directo a la piscina artificial.

Para nadar se debía pagar un pequeño valor a los encargados que esperaban a los turistas mientras miraban televisión. En pocos minutos el reloj marcaría las 12:00 Pm, hora acordada para salir a la carretera y esperar el carro que nos recogería, por lo que optamos no meternos al agua.

En cambio, decidimos adentrarnos pocos metros más en la zona gris. Empezamos por el final del camino, la intención era llegar hasta los montículos conocidos como las Torres Gemelas, dos formaciones naturales de tierra en forma de edificios, una al lado de la otra. Llevaban aquel nombre debido a que una erosionó por el viento y se derrumbó.

Piscina en la zona gris del Desierto de la Tatacoa.
Piscina en medio del desierto.
Torres Gemelas en el Desierto de la Tatacoa.
Una de las torres todavía resiste.

Según el mapa de la entrada principal, existen más sitios por conocer a lo largo del sendero, como el Salto del Manantial y del Matamocho, Relicto de Bosque Seco Tropical, el Congreso de los Fantasmas y la vista panorámica. En realidad no sabemos si, cuando nos perdimos, pasamos frente a uno de esos. No había ningún letrero que lo confirmara.

Doce con quince minutos y esperábamos sentados en la entrada. Un señor se ofreció a regresarnos por unos pocos pesos, pero ya habíamos pagado el transporte completo desde la mañana. Al poco rato nos recogieron.

Llegamos al hostal, nos duchamos y el mismo chofer que nos trajo desde la terminal de Neiva, ahora nos llevaría de vuelta, no sin antes parar frente al mirador del Sendero Cusco para que Andrea pudiese sacar una foto paisajística a modo de despedida, nuestra manera de decirle adiós a este lugar único en Colombia.

Parte roja del Desierto de la Tatacoa.
Desde el mirador, para decirle adiós al desierto.

Por $40,000 COP –USD $13,90– cada uno, conseguimos un bus que nos llevara hasta Armenia, realizando un corto transbordo en el camino. Partimos a las 02:00 Pm y arribamos a las diez de la noche. Era el comienzo de nuestro recorrido por el Eje Cafetero. Historia que conocerán dentro de poco.

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