Islas San Blas, el deseo por estar un día más en el paraíso

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Cuando se viaja con bajo presupuesto, se busca la manera más barata de llegar a los destinos paradisíacos (como las Islas San Blas) que, por lo general, son bastante costosos. Y el camino más económico, casi siempre es el más largo y agitado.


Se podría decir que vivimos una pequeña odisea para llegar a este archipiélago, ubicado en Panamá, pero también fuimos partícipes de una aventura que recordamos hasta el día de hoy. Esta es la historia de nuestro viaje a las Islas San Blas, también conocidas como la Comarca Guna Yala.

Inicio de la Odisea

Faltaban pocas semanas para finalizar el 2017. Llevábamos varios días en Ciudad de Panamá, ya la habíamos recorrido a pie. Visitamos sus sitios más emblemáticos (como el Canal de Panamá), paseos turísticos y algunas calles poco concurridas por los extranjeros, pero había un lugar –paradisíaco– que todavía nos faltaba: Las Islas San Blas. 

Se trataba de un escenario prodigioso, muchas personas nos hablaron sobre este destino imperdible en Panamá. Sólo fue cuestión de recabar la mayor cantidad de información por internet, conversar con otros viajeros que estuvieron allí y proponer una fecha en nuestro calendario. El día lo escogimos al azar, y ese día nos levantamos a oscuras, desayunamos y dejamos las mochilas grandes con cosas que no necesitábamos en el hostel donde nos hospedamos.

Atardecer desde el centro de Ciudad de Panamá.
Atardecer desde la Plaza Francia, en Ciudad de Panamá.
Casco Viejo de Ciudad de Panamá.
Casco Viejo.
Edificios en Ciudad de Panamá.
Paisajes urbanos que retratamos mientras recorríamos la ciudad.

A las 06H20 Am estábamos caminando hacia la estación del metro llamada Argentina. Nos dijeron que era más rápido que el bus porque no luchaba contra el tráfico de la mañana. Nos bajamos en la terminal, frente al centro comercial Albrook. Allí pagamos USD $3.00, cada uno, por un bus con destino a un sitio llamado Cañita. Estábamos alineados con el tiempo, íbamos sin retrasos, hasta que, en el momento de salir a los andenes, nos topamos con unos torniquetes.

Debíamos pagar USD $0.10 (por concepto de uso de la terminal), pero ese valor se lo pagaba únicamente con la tarjeta Metro Bus. Los empleados no nos daban solución, la gente pasaba con prisa y no nos prestaba la tarjeta. Debíamos hacer algo para no perder el bus. Pensamos en saltar los torniquetes, pero los guardias nos detendrían. 

Un señor mayor se percató de la situación, nos prestó su tarjeta del metro y, luego, amablemente, no quiso recibir nuestra moneda de veinticinco centavos. Le dimos las gracias y corrimos a buscar nuestro bus.

A las 09:30 Am llegamos al cruce que nos llevaría hasta el Archipiélago de San Blas (conocido también como la comarca Guna Yala). A este cruce también le dicen El Llano. A pesar que, desde el momento en que subimos al bus, le dijimos al conductor que, por favor, nos dejara en dicho punto, estuvo a punto de pasarse. Íbamos atentos, yo llevaba la ubicación en el celular, descargada en Google Maps.

Desde este punto debíamos esperar a que un vehículo nos levantara y nos llevase hasta el puerto. Pero nadie pasaba. Nos hicimos amigos de tres chicas chilenas que ya tenían rato esperando. Pasó una hora hasta que un camión de carga se detuvo y nos subió en la parte trasera. Cuando comenzó a llover, nos cambiamos a la cabina.

En la parte trasera de un camión. Viajando a dedo en Panamá.
Viajando en un camión a dedo.

Atravesamos un puesto de control militar donde revisaron que cada uno tuviera el sello de entrada a Panamá en el pasaporte. Tras eso, debíamos pagar USD $20.00 por persona. El camionero le explicó a los militares que nos llevaba porque no había más transporte, ellos no tuvieron inconveniente y nos dejaron pasar.

Una vez lo multaron por llevar turistas desde el puerto hasta el cruce (su camión es sólo de carga), lo hizo porque los extranjeros le rogaron que los bajase, si no perdían el vuelo, eran las 16H00 y no habían más vehículos por salir; sus guías no los habían recogido en la isla a la hora pactada. Nos contaba que en varias ocasiones vio a personas llorar porque se les hizo tarde y perdieron vuelos o buses.

En el puerto rumbo a las Islas San Blas

Después de 45 minutos atravesando las montañas y una carretera angosta, con subidas y bajadas y curvas que provocan mareo en más de un pasajero, el camionero nos dejó en el Puerto Galu Dibin, dijo que aquí los encargados –de la comarca Guna Yala– eran más organizados y serios que en Puerto Cartí (el muelle principal).

Le pagamos los USD $10.00 que acordamos por cada uno y fuimos a pedir información sobre las lanchas que estaban próximas a salir. Ya nos habían advertido en el hostel que no regateáramos con las personas de la comarca, pueden llegar a enojarse cuando no respetan sus tarifas; dan media vuelta y son capaces de dejar a alguien allí sin brindarle ningún servicio. 

Con una señora quedamos en que nos cobraría USD $30.00, a cada uno, por llevarnos hasta la Isla Perro Grande –un trabajador del puerto nos recomendó ir a esa–, tour a una piscina natural, paseo por unas islas, como Perro Chico, la cual cuenta con un barco hundido llamado Buenaventura –se hundió en 1959–. Es la más visitada. Para descender en cualquier isla, se le debe pagar USD $3.00, por persona, al Guna Yala que viva allí en ese momento.

En el trato no nos cobraron los USD $2.00 de uso de puerto, y obviamente nos irían a recoger a la isla pasado los dos días. Llevamos comida enlatada, snacks, agua y una carpa básica que compramos en Ciudad de Panamá específicamente para usarla en San Blas. Cargábamos dos mochilas pequeñas con poca ropa y las cámaras. 

Estaríamos pocos minutos navegando, desde que arrancamos nos quedamos maravillados con el tono del agua y las islas que aparecían en el horizonte, como la Isla Cartisuyo y Cartiyano –tales nombres los dijo el capitán–. En esta última, por ser de las más grandes del archipiélago, viven la mayoría de los Guna Yala.  

Isla Perro Chico con su barco hundido.
Isla Perro Chico y el barco hundido.
Islas paradisíacas en el Archipiélago de San Blas.
Así lucen la mayoría de islas en San Blas.

La bienvenida en el paraíso empezaba bien, en la Isla Aguja se levantaba un letrero para los visitantes. No podíamos estar más fascinados, hasta que en un instante nos sentimos como en la película San Andrés. Nuestro capitán no se parecía a La Roca, pero condujo la lancha a toda velocidad para atravesar una ola gigante que estaba por reventarnos encima.

Isla Perro Grande

Saltamos, las chicas gritaron. Mi temor no era caer al mar, sino que se hundiese nuestras mochilas con la cámara, pasaportes, celulares. Nadie salió lastimado. Sin mayores riesgos, continuamos “surfeando” otras pequeñas olas. Al poco tiempo el agua se calmó. Desembarcamos en la que sería nuestra casa sobre el mar: la Isla Perro Grande. Pagamos USD $7.00 por noche, cada uno. Las tres chicas chilenas dormirían en una carpa y nosotros en la nuestra.

Las armamos y luego fuimos a recorrer la isla. Era pequeña, en pocos minutos le dimos la vuelta entera. Había palmeras de coco (los vendían a USD $2.00), mesas de madera con bancas, baños –con excusados, abríamos la puerta y veíamos el mar–, duchas, y todo se mantenía limpio. También habían tachos de basura, pero preferimos guardar nuestra basura y regresarla al continente, en la isla la quemarían.

Orilla de la Isla Perro Grande.
Desde la Isla Perro Grande.
Palmeras en la Isla Perro Grande.
Nuestro enorme patio.
Dos orillas se unen en San Blas.
En una punta de la orilla.

En la pequeña isla sólo nos encontrábamos nosotros cinco y la familia del Guna Yala. Podíamos correr, nadar en las aguas cristalinas, echarnos en la arena. El paraíso se pintaba bien, incluso cuando llegó la lluvia. Las gotas caían con fuerza, pero el agua se mantenía cálida. Olvidamos comprar el equipo de snorkel, nos habíamos concentrado sólo en llevar frutas, enlatados, barras de cereal y mucha agua para beber.

Lluvia en el paraíso de San Blas

El padre de familia –el Guna Yala– nos prestó una especie de cubre techo para colocar encima de nuestra carpa. También nos prepararon patacones (un plato con plátanos verdes) a buen precio. Por la noche se veían con facilidad las estrellas. No se sentía calor. Conversamos, jugamos con los niños y dormimos cerca de la orilla, con calma y arrullados con la ligera lluvia de la madrugada. Soñamos con quedarnos más días, pero el panorama a la mañana siguiente, hizo replantearnos nuestra idea.

Llueve en las Islas San Blas.
Disfrutando bajo la lluvia.
Atardecer desde la Isla Perro Grande.
Luego vino la calma y el atardecer.
Parado sobre una palmera en la Isla Perro Grande, San Blas.
Nuestro rincón favorito en la Isla Perro Grande.

El clima no estaba a nuestro favor, se pronosticaban lluvias para toda la semana. Cuando amaneció, veíamos a lo lejos una inmensa nube negra. Las chicas fueron las primeras en decidir marcharse, queríamos contactar al capitán de la lancha pero nadie tenía señal. El señor de la isla –el Guna Yala– no tenía saldo. Tuvimos suerte de que lo llamaran de las oficinas del puerto en ese momento. Dio el aviso de que nos vinieran a recoger.

Sentimos cierta pena porque él había traído unos pescados para prepararnos el almuerzo –también a buen precio–, temíamos que se desperdiciara, pero antes de marcharnos, llegó una lancha grande con turistas que seguramente ocuparían nuestro lugar, y nuestros platos de comida. 

Con el señor también hicimos un trato. Como la carpa la habíamos comprado específicamente para dormir en las Islas San Blas (no pretendíamos cargarla durante el viaje por Centroamérica), se la dejamos a cambio de los USD $21.00 que teníamos que pagar; era siete por persona, así que cubrimos nuestra cuota y el de una de las chicas chilenas. Todos terminamos contentos.

Cielo estrellado sobre las Islas San Blas.
Noche estrellada en las Islas San Blas.
Lluvia inunda parte de la Isla Perro Grande.
Una pequeña parte de la isla inundada.
Nube gris sobre las Islas San Blas.
Nube gris aproximándose.

Caminando en medio del mar

Una vez embarcados en la lancha, y sin atravesar olas enormes, nos llevaron a una piscina natural. Se trataba de una especie de banco de arena, donde podíamos caminar en medio del mar, el agua nos llegaba a la altura del pecho. Era temprano y nuestro bote era el único allí. Nos dijeron que hace millones de años, esto era una isla que, poco a poco, fue hundiéndose.

Pudimos ver estrellas de mar sobre la arena, decían que en enero, esta parte se llena de ellas y los días permanecen soleados; durante nuestra corta visita sólo nos acompañaron las lluvias. Cuando nos dirigíamos hacia el puerto, veíamos cómo las nubes grises se apoderaban del cielo. 

Nos despedimos del archipiélago viendo sus islas, pasamos cerca de Isla Chichimé, Pelícano, Tortuga, Diablo (hay gente que llega a su orilla nadando desde la Isla Perro Chico). Algunas eran muy pequeñas, se asemejaban al típico retrato del náufrago varado en una islita con una palmera y unas maderas levantadas en forma de casa.

Piscina natural en las Islas San Blas.
Caminando sobre una piscina natural.
Islas pequeñas en el Archipiélago de San Blas.
Pequeñas islas en el Archipiélago de San Blas.

Buscando cómo regresar a la ciudad

A las 11H30 Am nos dejaron en el puerto, estábamos a la espera de que llegara un camión de carga y nos bajase hasta la carretera. Nuestro plan se vio truncado por un oficial enojado (con posibilidades de poseer un alto cargo en el puerto; un Guna Yala), dijo que sólo podíamos bajar en los vehículos turísticos autorizados, los cuales querían cobrarnos USD $25.00 por persona hasta Ciudad de Panamá.

Debido a que sólo llegó uno y se marchó enseguida con los asientos completos, nos consiguió un carro que nos dejara en El Llano por USD $12.00 –cada uno–. Una vez allí esperamos a que pasara el mismo bus de Cañita con destino a la terminal de Ciudad de Panamá, fuimos con la misma música estridente de sus altoparlantes, mientras veíamos por la ventana, recordando nuestro breve paso por el paraíso de San Blas.

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