Qué hacer en Mérida y sus alrededores

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Yucatán es un estado que posee innumerables rincones por descubrir, capaces de sorprender a cualquier viajero que lo visite. Llegamos a Mérida sin tener un conocimiento claro de los puntos turísticos que ofrecía la ciudad, ni de los sitios cercanos como cenotes, zonas arqueológicas y pueblos mágicos.


Fecha del viaje: junio 2018

Qué ver en Mérida

Como en cualquier otra ciudad nueva a la que llegamos, el primer paso que damos es guardar las mochilas grandes y salir con lo necesario (cámara y termo de agua) rumbo al centro. En este caso lo hicimos en transporte público pagando $8 pesos –USD $0,42–, viajamos cómodamente con aire acondicionado hasta que nos bajamos, con el sol del mediodía apaleándonos sobre nuestras cabezas, a pocas cuadras de la Plaza Grande.

Debido al calor, decidimos empezar por un sitio cubierto, como el Museo Fernando García Ponce – Macay, donde encontramos una muestra interesante acerca del escritor Juan García Ponce. Junto al museo se levantaba la Catedral de San Ildefonso, tuvimos la oportunidad de verla únicamente por fuera, ya que las puertas permanecieron cerradas durante nuestro recorrido.

Letras de la ciudad de Mérida.
Plaza Grande de Mérida.
Centro de Mérida y la Catedral de San Ildefonso.
El centro y la Catedral de San Ildefonso.

Muy cerca de allí, logramos ingresar al Centro Cultural Olimpo (aunque en aquel momento sólo estaba habilitada una sala), nos fascinó su arquitectura, sobre todo en la parte interna. Junto a este, había otro edificio con su construcción llamativa, donde permitían subir al balcón del primer piso, donde uno quedaba asombrado con la vista que se obtenía de la plaza y sus calles paralelas adornadas con casas coloridas.

A pocos pasos se encontraba el Museo Casa Montejo, construido en 1540, en la fachada se conservaba una parte (la Portada, específicamente) de lo que fue la enorme edificación original, valió la pena entrar para apreciar la arquitectura y las esculturas que habitaban dentro, sólo debíamos dejar la mochila pequeña en custodia y realizar el recorrido con la cámara en las manos; este y todos los sitios mencionados eran gratuitos.

Centro Cultural Olimpo, Mérida.
Interior del Centro Cultural Olimpo.
Balcón frente a la Plaza Grande de Mérida.
Balcón frente a la Plaza Grande.
Asomada en un balcón en el centro de Mérida.
Contemplando el centro de la ciudad desde un balcón.
Museo Casa Montejo, Mérida.
Portada del Museo Casa Montejo.

Teníamos claro que para conocer la esencia de una ciudad, era indispensable acudir a sus mercados, y en esta ocasión fuimos al Mercado Lucas de Galvéz, agitado, casi caótico pero seguro; en sí Mérida era segura para andar. El Museo de la Ciudad se ubicaba enfrente, pero debido a la hora (cerraba a las 06:00 Pm) no alcanzamos a ingresar, tampoco nos dio tiempo para caminar hasta el Mercado San Benito, donde muchos aseguraban que servían la mejor comida de la ciudad.

Echamos marcha atrás, pasamos nuevamente por la Plaza Grande hasta avanzar al Parque Hidalgo, un sitio ideal para sentarse a descansar o comer algo después de tanto andar, a un costado quedaba la Iglesia El Jesús, al ver las puertas abiertas decidimos entrar y, con sólo mirar al techo, quedamos fascinados con el arte que se había creado dentro.

Pasamos frente al Teatro José Peón Contreras, vimos una de sus galerías de arte disponibles y continuamos caminando por la Calle 60, asombrándonos con las viviendas coloridas de la zona y sus comercios, como el Mercado 60 de comida estilo gourmet.

Mercado Lucas de Galvéz, Mérida.
Pasillos del Mercado Lucas de Galvéz.
Parque Hidalgo, centro de Mérida.
Parque Hidalgo.
Iglesia El Jesús, Mérida.
Interior de la Iglesia El Jesús.
Casas coloridas en el centro de Mérida.
Calles del centro de la ciudad.

Giramos en un tramo hasta toparnos de frente con una de las avenidas más grandes de la ciudad, conocida como Paseo Montejo, el monumento alzado a dichos personajes de la historia, daba inicio al famoso recorrido de Mérida, donde pasamos frente a restaurantes, hoteles, locales comerciales y edificaciones antiguas como las Casas Gemelas, de un diseño impecable por fuera, habitadas alrededor del año 1914, ambas disponían de 17 habitaciones.

El Palacio Cantón fue otro que se robó nuestra atención, una fachada alucinante desde afuera. No alcanzamos a entrar a su museo porque cerraban antes de las 05:00 Pm. Caminamos sin percatarnos del tiempo, hasta que pasamos frente a la Quinta Montes Molina, una antigua mansión de estilo europeo, cuyas puertas también las encontramos cerradas –05:00 Pm–; recomendable llegar temprano.

Al final del Paseo Montejo, por donde alguna vez circularon carruajes –en 1904–, se levantaba el imponente Monumento a la Patria (conocido también como Monumento a la Bandera). Para apreciar de cerca su diseño arquitectónico lleno de maravillosos detalles, se requería cruzar con precaución –en realidad corriendo– hacia la rotonda sobre la cual fue construido. A cualquier hora era bueno visitarlo.

 Conoce más sobre Mérida y sus antiguos barrios coloniales, haciendo clic aquí.

Paseo Montejo, Mérida.
La famosa avenida Paseo Montejo.
Las Casas Gemelas, en Paseo Montejo.
Las Casas Gemelas.
El Palacio Cantón en Mérida.
El Palacio Cantón.
Monumento a la Patria (o a la Bandera).
Monumento a la Patria. Posee dos caras.

Cuzamá

Alrededor de la ciudad también habían algunos destinos por conocer, como fue el caso de tres cenotes que se hallaban a una hora de Mérida, en el pueblo de Cuzamá. Acudimos en vehículo particular (de una amiga, aunque también era posible llegar en bus), por lo que tuvimos oportunidad de pasar primero por Acanceh, un pequeño poblado donde su mayor atractivo era una zona arqueológica que se levantaba frente a una plaza en pleno centro.

Mientras avanzábamos hacia nuestro destino final, un niño se embarcó junto a nosotros para conducirnos hasta la entrada de los cenotes, ya que desconocíamos el camino correcto. A un costado de la carretera vimos a varias personas levantar unos folletos hasta donde más podían con sus manos, su propósito era ofrecer paquetes turísticos hacia los cenotes cercanos (incluyendo los del poblado de Homún, ubicado a 10 minutos de distancia).

Dejamos el carro dentro del estacionamiento y nos preparamos para visitar los tres cenotes, iríamos en una carreta, halados por un caballo sobre unas rieles que tenían 200 años de antigüedad (antes era el único camino que conducía a Mérida, los aventureros tardaban más de un día en llegar). No nos agradaba la idea de utilizar un transporte operado por animales, pero no había otra manera de realizarlo, ni siquiera a pie por cuenta propia (era prohibido), así que decidimos asegurarnos de que los caballos no se vieran maltratados.

Rieles antiguas en Cuzamá.
Rieles antiguas.

El recorrido completo duró tres horas, permanecimos 30 minutos en cada cenote, tiempo suficiente para nadar, lanzarnos desde algunos metros y sacar fotos. Pagamos (éramos tres personas) $400 pesos –USD $21,11– por la carreta y el ingreso a los tres cenotes.

Aunque los tábanos y unas pocas arañas nos acecharon durante el camino selvático, el paseo fue una experiencia total. La primera parada se dio directamente en el segundo cenote –así lo recomendaron los guías– llamado Chak Zinik Che, para nosotros fue el mejor de los tres. Una piscina natural con poca gente y un poco pequeña. Se encontraba en el interior de una especie de cueva, a la cual bajamos por unas escaleras metálicas.

Cenote Chak Zinik Che, Cuzamá.
Cenote Chak Zinik Che.

En la segunda parada fuimos al Bolom Chojol –cuyo nombre significaba agujeros de ratón–, su forma era más cerrada, por lo que la escalera era más inclinada, como recostada a la pared rocosa. Su oscuridad y tamaño pequeño nos generaba cierto grado de temor que desaparecía al meternos a nadar. En la parte superior habían estalactitas y un diminuto agujero por donde entraba la luz.

El último cenote que visitamos se llamaba Chan Ucil –quería decir caverna–, literalmente era una cueva oscura, iluminada con focos, a excepción de la parte donde nos metíamos al agua, la cual formaba un canal que se cruzaba nadando –con miedo por la falta de visibilidad– hasta un extremo cercano a la entrada, era corto, pero te ponía los pelos mojados de punta. Al caminar dentro de la cueva había que hacerlo con cuidado para no resbalar.

Cenote Bolom Chojol, Cuzamá.
Cenote Bolom Chojol.
Cenote Chan Ucil, Cuzamá.
Cenote Chan Ucil, nadando en una cueva.

De regreso al parqueadero –el cual había que pagar un valor bajo adicional–, nos agarró la lluvia, no tuvimos tiempo de viajar rumbo a los cenotes que se hallaban en Homún, pero decidimos dar vuelta y dirigirnos hacia uno de los mejores Pueblos Mágicos de la región, incluso de México.

Izamal

Desde Cuzamá nos separaba una hora de viaje hasta Izamal, como era tarde y el cielo continuaba gris, pensábamos que sería poco conveniente visitarlo en ese momento, pero al llegar al centro del pueblo, el color amarillo, que relucía en todas sus viviendas y edificaciones, nos daba el saludo de bienvenida.

Lo primero que hicimos fue estacionar el carro y caminar a toda prisa hacia la pirámide Kinich Kakmó (algunos lo escriben Kinich Kak Moo) antes de que cerraran el acceso –a las 05:00 Pm, abrían desde las 08:00 Am–. No nos podíamos perder la oportunidad de visitar una de las edificaciones más importantes de Mesoamérica, construida entre los años 400 y 600 d.C.

Pirámide Kinich Kakmó, Izamal.
Pirámide Kinich Kakmó.
Desde lo alto de la pirámide Kinich Kakmó.
Vista desde lo alto de la pirámide.

Subimos por sus escaleras de piedra, atravesando los vestigios de una civilización prehispánica hasta llegar a la parte más alta –34 metros– y contemplar toda la ciudad. Era un escenario amarillo que brillaba en medio de la verde naturaleza. Dentro de Izamal también habían otros sitios arqueológicos como: Kabul, El Conejo, Habuk e Itzamatul.

A lo lejos, el Convento San Antonio de Padua era el punto que resaltaba con mayor fulgor. Se trataba de un sitio histórico que finalizó su construcción en 1562, se erigió sobre un edificio prehispánico (Pap-Hol-Chac) y poseía el atrio más grande de América y el segundo a nivel mundial (después de la Plaza de San Pedro en el Vaticano). Descendimos de la pirámide para encaminarnos hacia allá.

Para entrar al atrio, subimos por unas rampas ubicadas a los costados del convento, aunque también existía una que hacía de entrada principal por el lado frontal. Durante la noche se efectuaban proyecciones sobre sus paredes, pero debido al mal clima, las cancelaron ese día. Su tamaño era enorme, las puertas estaban abiertas y logramos conocerlo por dentro, algunos de sus rincones eran oscuros y formaban una especie de laberinto.

Convento San Antonio de Padua en Izamal.
Exterior del Convento San Antonio de Padua.
El atrio más grande de América.
Atrio del Convento San Antonio de Padua.
Interior del Convento San Antonio de Padua.
Recorriendo el convento.
Fachada del Convento San Antonio de Padua.
Entrada principal del convento.
Pueblo Mágico de Izamal.
Calles de Izamal, Pueblo Mágico.

Sentimos que Izamal se prestaba para recorrerla a pie, con calma (aunque estuviera lloviendo), pasear entre sus calles decoradas de amarillo, andar en medio de sus parques y plazas, como la Plaza Zamná (o Plaza Principal), ubicada frente al convento. Vimos algunos hospedajes en el centro y un pequeño mercado, al cual llegamos atravesando la Plaza de la Constitución (o Parque 5 de Mayo) donde servían platos de comida local.

Uxmal

En otra ocasión conducimos más de una hora hacia el sur de Mérida para llegar a la ciudad precolombina de Uxmal (también existía la posibilidad de ir en bus). El costo de ingreso era de $70 más $164 pesos –USD $3,69 + $8,65– y se pagaba sólo en efectivo. Nosotros llegamos temprano y de esa forma hicimos el recorrido largo sin necesidad de contratar un guía (incluyendo la visita al grupo del Cementerio) en medio de naturaleza, árboles, mosquitos y pocas personas a pesar de ser domingo (día gratuito para los mexicanos).

Senderos naturales en Uxmal.
Camino hacia el Grupo del Cementerio y las Estelas.

La construcción y conservación de las pirámides y palacios (ocupados en el 500 a.C.) eran impresionantes, a tal punto que nos vimos en la obligación de destinarle varias horas a recorrer el sitio con tranquilidad, apreciando cada detalle y leyendo sobre su historia.

Desde que ingresamos, el asombro fue notable al toparnos de frente con la Pirámide (o Casa) del Adivino y ver sus 35 metros de alto junto con las piedras colocadas con precisión que adornaban sus paredes, o al contemplar los palacios que se alzaban en torno al enorme patio del Cuadrángulo de Las Monjas.

Pirámide del Adivino, Uxmal.
La impresionante Pirámide del Adivino.
Cuadrángulo de las Monjas.
Habían muchos detalles en las edificaciones del Cuadrángulo de las Monjas.

Subimos a la Gran Pirámide (conocida también como Templo Mayor) para obtener una gran vista del lugar. Tuvimos que ascender y bajar los 30 metros de altura colocando los pies de lado para nos resbalar. Avanzamos hasta la plaza del grupo El Palomar y continuamos hasta la Casa de Las Tortugas y El Palacio del Gobernador, otro de los sitios que más nos sorprendió por su edificación y acabado en las paredes.

Algunas partes de los vestigios se conservaban mejor que otras, como los anillos de la cancha del juego de pelota. En medio de la caminata nos alcanzó una fuerte lluvia, por lo que se recomienda andar preparados para el agua.

Gran Pirámide o Templo Mayor, Uxmal.
Gran Pirámide o Templo Mayor de Uxmal.
En la cima del Templo Mayor, Uxmal
En la cima de la pirámide, contemplando la zona arqueológica de Uxmal.
Grupo El Palomar, Uxmal.
Grupo El Palomar.
Casa de Las Tortugas, Uxmal.
Spot en la Casa de Las Tortugas.
Palacio del Gobernador en Uxmal.
Palacio del Gobernador.

Dónde comer en Mérida

 Existen innumerables restaurantes y puestos callejeros para comer en la ciudad, sin embargo, hay dos que queremos recomendarles. El primero se trata de La Chaya Maya, un restaurante que ofrece comida típica de Yucatán, se encuentra en el centro. Los platos son deliciosos y económicos. Los que probamos fueron los panuchos de cochinita pibil, pipián de pavo, sopa de lima y relleno negro. Dentro del local pueden ver a las señoras, con sus vestimentas tradicionales, preparando las tortillas a mano.

El segundo sitio es una heladería clásica de Mérida llamada Dulcería y Sorbetería Colón, fundada en 1907, se halla en el Paseo Montejo. Por una copa de helado pagamos $45 pesos –USD $2,37–.

Dónde dormir en Mérida

En esta ocasión utilizamos Airbnb y nos alojamos en casa de Isabel, una señora carismática que alquilaba habitaciones dentro de su vivienda (era económico, cómodo y seguro), disponía de cocina y tenía un perro tímido de raza Xoloitzcuintle, originario de México (es el perro –Dante– que aparece en la película Coco).

Datos Adicionales

Si compran con anticipación los boletos de bus en las oficinas de ADO (tratamos de hacerlo online pero no aceptaban tarjetas extranjeras), obtienen un porcentaje de descuento. Nosotros compramos para Campeche y pagamos $122 pesos –USD $6,44– cada uno. Los buses eran cómodos y tenían películas individuales en cada asiento. En Mérida habían dos terminales, una en el centro y otra más alejada, cerca de nuestro Airbnb.

En Mérida hay un cenote dentro del parqueadero de una tienda grande –Costco–, se llama Ka’ Kutzal, se lo puede ver de cerca, pero no está permitido bañarse.

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