Historias cortas de auto-stop

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Contrabando de gasolina

Al salir de Catacocha nos paramos en la vía con un cartelito en las manos que decía Celica. El bus no era muy económico y los taxis-camionetas no les interesaba las rebajas. Siempre analizamos detalladamente a las personas que se detienen a un costado de la carretera cuando hacemos dedo. El primer chico que paró iba rápido y con la música a todo volumen, le dijimos amablemente “No, gracias”. Luego un señor con un muchacho dijo que nos podía llevar hasta El Empalme (una división en forma de Y donde él tomaría el carril izquierdo y nosotros el derecho). Decidimos embarcarnos.

Más adelante dijo que pararía por un momento, entramos en una pequeña finca donde cargó gasolina de forma artesanal, hasta ese momento me parecía todo normal, únicamente tuve miedo al verlo hablar por celular mientras llenaba el tanque de combustible desde un envase de plástico. Después de sacudir la camioneta con las manos (para que la gasolina rindiera bien, asumo), lo que trajo como consecuencia que Andrea se despertara, guardó dos botellas llenas de gasolina en la parte delantera –justo encima de los pedales–, era evidente que se trataba de un escondite. Una funda negra grande también colocó en un compartimiento clandestino atrás en el balde.

Avanzamos, no sin antes detenernos en una curva (del lado izquierdo, en contra vía) para dejar un encargo, en ese instante el miedo fue mayor al sentir los carros girar tan cerca. Cuando llegamos a El Empalme, nos detuvo un control militar, los soldados revisaron toda la camioneta, incluso el capó. Pasamos y el carro se fue para Macará y nosotros en una tienda nos bajamos. Allí la dueña nos comentó del negocio ilegal que existe; contrabandean gasolina al Perú debido a que allá tiene un mayor costo. “Si son pocos litros, los militares (que hacen turnos de 24 horas) te quitan el envase, pero si es bastante, te retienen”. Nos dijo. Será que si le contaba la hazaña del señor, ¿nos hubiese visto como cómplices?

Hacer dedo y ¿pagar pasaje?

Una lección muy importante que aprendimos, fue que siempre debemos preguntar al conductor que se detiene en la ruta si nos puede llevar gratis.

Sentados fuera de una tienda en El Empalme, con un calor atroz que hacía transpirar hasta las piedras, sacamos el cartel para que algún buen samaritano nos llevará hasta el pueblo de Celica. Pasaron los minutos, el calor fue incrementando y un auto paró, en realidad había pasado de largo pero retrocedió y dijo que nos podía llevar.

Dos señores adelante y una chica atrás eran los ocupantes, guardamos las mochilas grandes en la cajuela y nos embarcamos. Todos se comportaron de la mejor manera, nos dieron tips de los puntos más importantes para conocer y al final el señor que manejaba nos convenció para ir a Alamor.

La chica y el señor se bajaron antes, noté que le dieron unas cuantas monedas al conductor, este fue el primer indicio de sospecha, aunque no nos preocupó tanto, ya que en otras aventuras de auto-stop han cobrado pasaje a los demás acompañantes mientras que a nosotros nos han dejado gratis. Suponía que si nos vio con mochilas y el cartel, era obvio que deseábamos viajar sin pagar transporte.

Pero nunca hay que suponer nada (el “Es que yo pensaba…” no debería existir), al bajarnos y agradecerle por su gentil ayuda, nos dice campantemente: Y ¿no me va a pagar? Luego de haber venido conversando sobre la travesía que estábamos realizando, de informarle que nos encontramos viajando a bajo costo, nos sacó cinco dólares.

Durante todo el día pasé diciendo: “Con esos $5.00 hubiéramos comido mejor, con esos $5.00 estuviéramos en una habitación más amplia”, y así hasta llegar la noche. Fue un bajón que nos dejó al final una gran enseñanza: nunca hay que suponer nada, todo debe quedar claro desde el principio.

Y así lo hicimos. El señor que nos llevó en su camionetita hasta Pindal a la mañana siguiente, nos quería cobrar, pero al contarle de nuestra forma de viajar, decidió hacerlo sin ningún costo. Hasta se animó a llevar a unos señores con sus racimos de plátano verde.

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